sábado, 30 de enero de 2016

travesía



Escribir sobre la vida de una ciudad. Habitantes, costumbres y usos. Escenas, recuerdos e historias. El autor falleció a edad temprana. Una lástima que no haya podido seguir la evolución de su ciudad, de calles y entorno, de la idiosincrasia de sus moradores. Compendio de columnas periodísticas aparecidas en el 91, engancha al que un día fue niño y joven en esas mismas calles. Las fotos muestran coches de los 80. Paisajes urbanos modificados, ropas antiguas, matrículas con VI de Vitoria. Tráfico que desapareció ante el empuje de lo peatonal. Cambios de mobiliario urbano. Arboles nuevos o no existentes. Calles llovida, paraguas, nieve, un coso que ya no está al final de la calle. Un colegio que siempre sobrevive. La cuesta donde se aparcaba en batería y se calaban los coches. Todo en fotos y sin ellas. Todo en recuerdos y sin ellos.
Travesía de Vitoria (Carlos Pérez Uralde).1993

domingo, 24 de enero de 2016

colmenar de oreja-chinchón



Dicen que la Martina fue torera, nacida en Colmenar de Oreja, en los albores del siglo XIX. Una excepción para su época. Una acuarela que la retrata se exhibe en el Museo Ulpiano Checa, principal atracción de la localidad. El pintor nació allí en 1860. Viajero infatigable, recorre mundo plasmando lo que ve. La exposición se divide en varias salas, empezando por el mundo local y pasando al mundo romano. Con la literatura como fuente, el pintor plasma lo leído en Ben-Hur o Quo Vadis?. Esas escenas servirán de inspiración a los futuros cineastas. Espectacular el lienzo “Los últimos días de Pompeya”, donde los habitantes huyen de la lava amenazadora. Formato grande para un cuadro de enorme tensión. La “carrera de carros romanos” nos lleva a los circos romanos. Se exhibe un cuadro pequeño. Las dos versiones de gran tamaño están en Londres y en la Casa Rosada de la presidencia argentina. Pasión por retratar caballos. Y facilidad. “No parece hacer nada pero se ve todo”. En la distancia las escenas son reconocibles y de cerca las pinceladas parecen estar aisladas. Pasara lo mismo en el cuadro dedicado a la batalla de Waterloo. Sala América y África para pintar otros tonos, retratos y los colores del desierto. Costumbrismo español en otra sala para acabar con Francia, lugar donde murió a los 55 años. Juegos de luces y sombras y mas caballos. También esculturas. Artista polifacético. La visita se completa con una muestra de artistas contemporáneos de Ulpiano. Muy interesante, el romanticismo en plena efervescencia. Nos despedimos del encargado que no ha visto mas gente. Vinimos solos y nos vamos solos. Poca gente viene, nos dice, no la que debiera para la calidad del museo. Paz y sosiego afuera. Pueblo de Madrid, alejado. En la oficina de turismo a la que se accede mediante aldabonazo nos dan profusa explicación del pueblo y su gastronomía. La magnífica plaza porticada sirvió para salvar el barranco que dividía el barrio judío del cristiano, la villa del arrabal. Se asienta sobre un túnel de piedra. Terrazas muy amplias sobre los soportales. Poca gente y la pena es que haya coches. Atravesamos el túnel, de tiempos de Carlos III y tras breve paseo alcanzamos la ermita del Cristo del Humilladero. Llamado “el morenito” no es el original, destruido en la guerra civil. Es una copia de 1940 de buena factura que presenta al crucificado con faldón granate. Dicen que el original fue un regalo de Pio V a la hija de Bernardino de Cárdenas, caballero de la localidad que murió en la batalla de Lepanto. Volvemos a la plaza, que sigue en paz, con abuelos al sol y a la sombra. En la Iglesia de Santa María la Mayor se casan Andrés y Beatriz. Asistimos al final de una boda sin música. Solo en la comunión el sacerdote dará la tecla para que suene el siempre emocionante Ave María interpretado por Bocelli. Pocos asistentes, algunos fuera. Grandes murales de Ulpiano a ambos lados del altar y otro enfrente de la entrada. Construida por la orden de Santiago en el XIII tiene signos de fortaleza. El cura, sin ayudante, se mueve de un lado a otro. Se apaga la música y los novios se van a la sacristía, a firmar. Hora de comer, en Casa Neo. Un menú de productos típicos de la zona. Bien, excelente el zacatín de naranja. Llevan 22 años haciéndolo, invento propio de zumo de naranja, yema de huevo y azúcar. Mas años lleva el local abierto. Se remonta a 1886. Hora de tomar el coche y alcanzar Chinchón, a 5 km. La paz de Colmenar se rompe en la fotografiada plaza de Chinchón, de vigas verdes en doble piso de balcones. Burros, tren turístico, terrazas, puestos y gente.  El castillo espera restauración. Pertenece a los condes de la localidad. El parador tiene claustro transformado en cafetería. Se ve Madrid en la lejanía con torres espectrales. Sin signo de vida desde aquí. No llega el ruido, el ruido o el silencio. El único acompañante de la tarde son niños que juegan en un parque infantil al sol de un día de primavera anticipada que nos pilla con abrigo y el paso cambiado. Se vende la casa donde vivió Goya, dice un cartel en la panadería. Y es verdad, luego la veremos. Allá habitó y pintó un lienzo a petición de su hermano Camilo, capellán del templo. En la plaza, la posada donde curó Frascuelo de sus heridas tras cogida en el improvisado coso. Esperamos que abra la iglesia de la Asunción para ver el cuadro de Goya. En jardín contiguo un busto de Francisca Enríquez de Rivera, condesa de Chinchón y Virreina del Perú. Dicen que estando allí enfermó y salvó la vida gracias a una planta. Difundida dicen por ella luego como la quina. Abre el recinto sagrado, y mucha gente accede de golpe. La encargada de preparar la misa pide silencio. Goya en el centro del altar. Relieves a los lados y calvario asimétrico arriba. Tiempo de volver, curvas hasta llegar a la A3. Suena la música.

sábado, 16 de enero de 2016

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Seguimos camino, el Archivo de la guerra civil presenta una breve exposición de documentos relacionados con la contienda. La cueva de Salamanca es más leyenda que otra cosa. Torre que alberga chavales que se resguardan de las inclemencias del tiempo. El huerto de Calixto y Melibea luce poco, desangelado en invierno. En la fundación Mapfre expone Venancio Blanco parte de su obra religiosa. En el jardín obras permanentes. Artista que a sus 92 años conserva la ilusión y sigue creando. Paseamos por los aledaños del Tormes. Dos puentes que cruzamos, uno con tráfico y el otro de piedra, hermoso. La silueta de la ciudad al fondo, sin iluminar todavía. El río es ancho y caudaloso. Las riberas se han ganado para paseantes y deportistas. La noche ya se hizo y las monjas rezan tras las rejas en la capilla de Nuestra Señora de la Veracruz. Suenan voces jóvenes y sudamericanas vestidas de blanco con órgano. Cantan armoniosamente. Preside el pequeño espacio una Inmaculada de Gregorio Fernández. Las esclavas del santísimo siguen rezando. En la plaza mayor nos recibe la tentación de las tapas, un establecimiento que combina un mobiliario moderno y buenas raciones. La ciudad se recoge, mañana es lunes. Ya empezando la semana desayunamos en uno de esos sitios de barrio donde se desayuna de pie o sentado y donde el cristal da pie a escenas de niños que van al cole y a infinidad de personas que cruzan, van y vienen. En los patios menores hay un bonito claustro y en una de sus puertas se esconde el cielo de Salamanca, obra restaurada de Fernando Gallego, de 1473, que presenta motivos astrológicos. No pisar el césped, pone, inmaculado. Llovizna a ratos. Nos queda visitar las Dueñas, monasterio de dominicas. 32 monjas actualmente, nos dice la hermana que vende dulces en la portería. La visita merece la pena y mucho. El claustro, de dos alturas, es pentagonal. Destacan los decorados capiteles del nivel superior. Hay paz y soledad. Un par de salas en la parte de arriba. El museo del convento con diversos objetos y una estancia dedicada a la negrita. Monja nacida alrededor de 1676 en “La mina baja del oro”, que puede corresponder a la actual Ghana. Entregada a Carlos II como esclava a los diez años, y dada al Marques de Mancera. Una vez obtenida la libertad decide hacerse monja siendo rechazada hasta que consigue el ingreso en el convento de la Penitencia de Salamanca en 1704. Allí vivió hasta su muerte en 1748. Destruido el convento por los franceses sus restos se pasaron a las Dueñas. Está en proceso de beatificación. Es hora de partir, comemos en el camino, en la venta de la Canaleja, con vistas a las murallas de Ávila. Lumbre en la chimenea y abundante menú del día. Arrecia el aire de la sierra que asoma blanquecina.

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Veintinueve monjes dominicos habitan el convento de San Esteban. Pagamos la entrada en el pórtico y pasamos al claustro de grandes arcos y espejos colocados en el suelo para admirar la belleza del entorno. Dos pisos y ciprés solitario. Paseamos y encontramos el capítulo antiguo que alberga un audiovisual que habla de la labor de los orden de los predicadores. Allí está enterrado Francisco de Vitoria, impulsor de los derechos de los indios junto con Bartolomé de las Casas. El confesionario de Santa Teresa presenta un audiovisual. Allá donde nosotros escuchamos se sentaba su confesor. Subimos la escalera de Soto, costeada por el confesor de Carlos V. Al final, un relieve de la Magdalena parece asomarse al vacío. Desde el coro se observa a los desperdigados asistentes a la misa que no quieren ocupar los primeros bancos. Aprovechamos que finaliza ésta para visitar la Iglesia. Inaugurada en 1610, tiene forma de cruz latina. Retablo de José de Churriguera. Se suceden diversas capillas, allá donde confesaba la santa hay un calvario policromado de estilo gótico. Volvemos a subir la escalera. Queda visitar el museo, una sala dedicada a la vida y obra del fundador de la orden, Santo Domingo de Guzmán. La otra acoge arte. Resalta una talla de la Inmaculada, anterior a 1646, obra del grupo de Toro. Y sobre todo una Virgen con niño de Rubens, 1615, preciosa. Buen rato el pasado entre las historias del convento. Seguimos paseando y la casa de las conchas nos recibe con otro patio de doble altura. La iglesia de la Purísima celebra misa. Monumentales obras en el altar mayor y en los laterales. La visitaremos al día siguiente para admirar las obras de Ribera. Otra iglesia, esta reducida, la de Santa María de los Caballeros fue cedida en 2009 a los ortodoxos rumanos. Se hablan otras lenguas allá dentro. Suena la música. Es hora de comer algo. Subimos empinadas escaleras en el Mesón Cervantes de la Plaza Mayor. Tapa y cerveza. Buenas vistas. Otra tapa mas, esta vez de chanfaina. Hace frío y llueve. Hacemos tiempo para la visita a la catedral que es gratuita a partir de las tres de la tarde los domingos. Dulzaineros tocan y parejas bailan. Combaten el frío. El café la Platea cierra mañana por reformas. Hoy todavía atiende y desde su amplia cristalera se ve la vida pasar. Primero la catedral vieja, con murales que representan milagros atribuidos al Cristo de las Batallas. Audio guía extensa. Retablo semicircular, con 53 escenas pintadas, presididas por la Virgen de la Vega. En el ábside el jucio final. Tres hermanos florentinos, los Delli. Encima el cimborrio o Torre gallo. El claustro se destruyó en el terremoto de Lisboa. Restaurado y cerrado. Muchas capillas, todas con historia como la de Anaya que tiene el órgano mas antiguo de Europa o la de Santa Catalina que tiene un bonito relieve de la Adoración de los Reyes en piedra que merece una restauración. En la de Santa Barbara se pasaban los exámenes. En el centro el sepulcro del obispo Juan Lucero que acompaño a Alfonso XI en la reconquista. En la de San Salvador, fundada por Rodrigo Arias Maldonado está enterrado también su nieto, el comunero Maldonado. Conserva el pendón de la familia. Pasamos al gótico de la nueva, construida entre 1510 y el XVIII. En la capilla dorada un memento mori. La muerte se asoma con sudario y ataúd en un vano de la pared. El calvario, atribuido a Juan de Gante completa la escena. En la capilla del presidente destaca el entierro de Cristo, obra atribuida a Navarrete el mudo y copia de Tiziano. Cerca de la reja asoma una Virgen de Belén atribuida a la Roldana. Inconfundible la Virgen con niño y Juanito, de Morales. Y mas belleza en la Piedad de Carmona. El Cristo de las Batallas es de madera y dicen que lo portaba el obispo Jerónimo allí enterrado acompañando al Cid. Vamos acabando capillas, una Soledad de Benlliure, una talla de San Jerónimo de Gaspar Becerra o el Cristo imberbe de la Agonía, anónimo, completan una visita grata que va dejando los pies helados.

viernes, 15 de enero de 2016

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A 25 kilómetros se divisa la catedral. Es ya de noche y la luz resalta una silueta todavía vaga. La carretera, oscura, con pocos pueblos o vías de servicio. El GPS guía la entrada. Se distingue enseguida esa particularidad de las ciudades de provincia. Es sábado y las calles se llenan de gentes, de compras o paseo, de lo que sea. Pero se respira en la calle. Después de dejar los bartulos en el hotel damos vueltas a la hermosa plaza porticada. Llueve afuera. Como nosotros más de uno. Los bares atestados. Buscamos comida y cambiamos de zona para llegarnos a la calle Van Dyck. Nunca imaginó el pintor que su calle se llenara de establecimientos. El montadito sigue ofreciendo eso, a buenos precios. Las mesas y la barra llenas. En la calle de al lado, el bar Santi ofrece tapas con la caña, abundantes. También lleno, quizás ayude el partido televisado en múltiples pantallas. El fútbol como reclamo. No llueve en un rato y se puede pasear de otra forma. El Camelot, bar en lo que parece fue una capilla sigue existiendo, igual que hace mas de veinte años atrás, quizás treinta. La iglesia de San Marcos es circular. Ejemplo de románico. Alguien reza y nosotros damos la vuelta. El belén todavía preside. Pinturas murales, en una de ellas dice algo como: “esta obra mandó hacer Domingo….”. Ahí nos quedamos con la duda. Seguimos con el paseo nocturno. La portada del convento de San Esteban impresiona. Piedra labrada, iluminada ahora. Placa en honor de Fray Diego de Deza, dicen que fue el dominico que ayudó a Colón en su negociación con los Reyes Católicos. Huellas de Unamuno, allá donde vivió y murió. También de Fray Luis de León, cuya estatua mira a la famosa portada de la Universidad. Es el patio de las escuelas menores. Vuelve a lloviznar. Monumental el casco antiguo, de piedras viejas y de color. Vendaval nocturno que sigue en la mañana y se perpetúa en el despertar. Un amanecer que amenaza lluvia. Llegará al rato. Las nubes viajan ligeras. La catedral desde la ventana del hotel se ve ahora oscura. Su figura imponente. Agitados árboles. Desayuno profuso en ciudad que despierta sin prisa. Algunos turistas buscan la rana en la portada plateresca de la universidad. Alguien la puso allá entre 1521 y 1529. Esperamos que abra el Museo de Salamanca. Precioso el palacio por dentro que lo alberga. Patio de ensueño. Es el de los Alvarez Abarca. O casa de los doctores de la reina, porque padre y dos hijos ejercieron como tales para atender a la reina Isabel y a su hija Juana. Uno de los hermanos tuvo una hija que casó con el comunero Maldonado. Diferente la aparición de Cristo a la Magdalena, anónimo, siglo XV. Es bonito el museo, y solitario. Lo visitamos sin nadie alrededor, sólo con algún comentario de uno de los encargados, que se agradecen. Dos obras de Luis Salvador Carmona en el patio. Un pintor desconocido en el piso de arriba, Simón Peti o Pitti, 1665-1714, con dos obras hermosas, El sueño del niño Jesús velado por tres ángeles, y Tres ángeles venerando la corona de espinas. Visita gratuita en domingo, visita que merece la pena, siempre. De aquí a San Esteban.

sábado, 9 de enero de 2016

san prudencio

Que Armentia queda a un paso de Vitoria es un hecho. Centenares de vitorianos pasean diariamente hasta el santo. Estatua de piedra que se asoma a Vitoria dejando a su espalda la llamada basílica que lleva su nombre. Es esa estatua del siglo XX. Mucho mas antiguo, de estilo románico, es el templo, construido a finales del XII, y restaurado de forma importante a finales de XVIII. Hay contraste entre la piedra y el verdor de las campas. Hay romería en Abril, hago frío o llueva. Hay rosquillas y puestos miles. Hay bodas, alguna en Mayo, hay fotos al lado de un árbol. Hay esperas a que lleguen novios o novias. Hay infinidad de paseos e idas al bosque. Hay sidrerías y espacios para correr o montar a caballo. La bajada desde el santo al Prado es para no parar. Hay paseo por Mendizorroza donde se oye el clamor de los goles y queda a la izquierda la fuente del Mineral, con olor a podrido. Hay casa donde nació y vivió el santo allá por el siglo VI. La basílica es austera y sonará un órgano si hay organista mientras preside la imagen de San Prudencio. Poca luz en espacio pequeño, que se queda mínimo allá por el 28 de abril, cuando las nubes no saben si llover o escampar.

estibaliz

Desde finales del XII lleva erguido este santuario. Joya del románico se llega a él por carretera o caminos. En coche, bici o andando. Escenario de romerías. Juegos en campas, idas en bici. Pelotas y frontones. Adentrarse en lo desconocido si se sigue el camino. Mas campas. Una tienda de recuerdos. Unos monjes que visten de oscuro. Un bar donde refrescarse. Paellas en mesas de madera. Estibaliz es recuerdo de bodas y celebraciones. De arroz que pisamos. De esperanzas meditadas ante una imagen antigua, la patrona de Álava. Preside la austeridad de una sencilla nave, en forma de cruz, donde hará frío si es invierno y se agradecerá si es verano. De misas austeras también, de oraciones cantadas. De puertas que se abren. De columpios que se avejentan. De una cuesta final que se hace dura, de tanto tiempo pasado que ya los monjes van mermando. Son benedictinos. Toda una vida alrededor de unas campanas que tañen desesperadas mientras exploramos los rincones, con la avidez de la infancia. Mientras soñamos. Y ellos pasan, y miran, y llevan capucha, y se recogen en su monasterio, y nosotros seguimos, bajando la cuesta.

mas sobre san miguel

San Miguel es sinónimo de altura. Allá desde la plaza parece tocar el cielo su torre. Sinónimo de muñeco Celedón bajado del cielo, también de celebraciones deportivas. De patrona o Virgen Blanca, de hornacina anti vándalos y repleta de flores. Pero sobre todo es sinónimo de misas de antaño, pesadas, grises, y aperitivo a la salida. Misas donde sólo parece haber mayores. Y cada vez mas. Misas donde huele diferente, algún día descubriré a qué. Donde hay maderas que crujen. Donde cantan algunos mayores acompañados de órgano, donde el sacerdote parece querer dormir también. Donde la homilía no se entiende o no llega. Donde no se ve lo que está delante. Y es que no descubrir el retablo aún iluminado puede parecer pecado. Me pasó, años pasaron hasta que lo vi. Tienen ojos y no ven. Y es obra maestra, y cabe en una iglesia que se empieza a construir a finales del XIV. Fue Gregorio Fernández el elegido. Se firma el contrato en 1624. Tres años de trabajo previsto se convierten en ocho. En 1632 se trae en carretas desde Valladolid y ya en su ubicación se procede al montaje y policromía definitiva. Trabajo en equipo, mas personas involucradas. La historia sólo se suele acordar del maestro. A destacar la Inmaculada y el inmenso San Rafael que preside. Apóstoles, santos, escenas y virtudes llenan el resto. A la salida se bajan unas escaleras, ya estamos bajo el pórtico, protegidos. Llega la luz de la plaza, su grado dependerá de si ha salido el sol. Se bajan escaleras empinadas o se pasea bajo los arquillos. Formas de llegar o de irse. Cuesta imaginar al escultor, vecino por un tiempo de una ciudad desconocida, caminar entre sombras.

miércoles, 6 de enero de 2016

un año mas



La creencia como inspiración. La fe mueve gargantas y almas. Salmos cantados y letras de alabanza. Túnicas y movimiento. Palmas que se juntan y palmas que se elevan al cielo. Coro Gospel de Madrid. Creer para cantar. No parece fácil lo contrario. No es obligatorio pero si recomendado el esperar algo para poder seguir la letra. Artistas solistas, venidos de lejos, acompañando a los de aquí. Casi dos horas de plegaria. Buen espectáculo. Es doce de diciembre, asomando las navidades. Siempre llegan. Y pasan, hasta hoy, seis de enero, tarde, los reyes se fueron, siempre pasa lo mismo. Entre medias mas música, villancicos en iglesia oscura, casi triste. Los de siempre. Los del portal y zambomba. Cantados por la Coral de Alcobendas. Público adulto, mucho. Que azulan lo blanco de una piel que rodea unos ojos, que blanquean cabellos, sin voluntad de hacerlo. Que escuchan con gafas que oscurecen un sentido, vital. Que aplauden. La audición es corta. Busca, la Coral, gente joven, no han ido a buen puerto a buscar. Necesitan navegar otras aguas. La parroquia se llama de San Agustín. Es breve la misa también. De poca voz el sacerdote. Mustio. Dicen que la flor de Pascua lo hará pronto, se volverá gris. Dicen que siempre existió, no para mí. No la recuerdo. ¿Será verdad que se puede vivir ajeno a representaciones como esa? Flores no vistas, comidas, cenas. El ajetreo de siempre. Ilustrísima, un salón del dibujo y la ilustración. Jovenes y no tanto exponen y venden. Su creación, nacida de sentidos y manos. Diferentes, artistas. Es el Museo ABC, en calle Amaniel, estrecha y oscura. Navidades con poca luz, para correr como un niño, tocando las manos de otros, o de la señora en silla de ruedas que parece dejar su mano fija. Cuesta abajo y cuesta arriba, miles de anaranjados por calles que aplauden y vitorean. El niño que no quiere salir aparece por un momento. En movimiento, feliz, luego se vuelve a esconder. La vida no tiene piedad de la infancia. Se acaba el año viejo. Año nuevo de paseo bajo la lluvia, con paraguas entre medias. La vida sin agua no es vida. Las luces dejan ver las miles de pequeñas gotas. Maravilloso espectáculo en la soledad de un pueblo, lo llaman ciudad, que nunca saldrá de su infinito letargo. La vida esquivó Alcobendas. Recluyó a tantos en sus casas que parece postal de cuento de invierno, triste. Y así hasta ahora. Los tres reyes, los magos, siguieron estrella y esta desapareció y ellos volvieron a marcharse, pero volverán, no hay mas. Volveremos a ver niños gritar, por un día, inocentes, mirando barbas inmensas, la negrura de unos ojos, o las luces de una carroza, mágica. Es de noche, ya.

ranqueles



El libro se publicó por entregas allá por 1870. Lo reúne Austral y lo imprime en Buenos Aires en 1949. Está viejo, releído quizás. 18 pesetas, su precio. El autor, militar y mas cosas, se adentra en territorio indio, en la Argentina creciente. Para refrendar el tratado de paz firmado poco antes. Para dar una muestra de confianza. Son 18 días los contados, donde es recibido por jefes de diversos grupos, y agasajado. Donde a veces teme por su vida. Donde come y se emborracha con los nativos.
Descripción de estilo de vida, transhumante casi. De indios que ocho años mas tarde serán casi masacrados tras otra expedición no tan pacífica.

Una excursión a los indios ranqueles. Lucio V. Mansilla. 1870