martes, 14 de agosto de 2018

palacio de la luna


Auster contando historias, fabulador extraordinario. Encadena historias, con hilos que se separan para luego converger. Muy entretenida. Todo un cuento. La termino en un avión que vuela ya bajo de vuelta a casa dejando atrás algo más que un Reino Unido.

El palacio de la luna. Paul Auster. 1989

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Cuál es el precio de la fama del escritor que llegó al éxito. Por ahí habitan muchos de los escenarios de esta novela. Luego los padres, también la novia que dejó de serlo. Todos los habitantes de las obras de Roth tienen algo de peso en ésta.

Zuckerman desencadenado. Philip Roth. 1981

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Tomamos el tren de Gatwick a Brighton. El cielo es azul, no hace frío, vías y más vías, trenes aparcados, esperando turno.
Nuestro tren sin paradas, pasando por apeaderos o estaciones antiguas que esperan otro tren. Arboles que no dejan ver el campo, sólo a ratos.
Ya en destino, techo de estación antigua. Bullicio y espera. Aparecen, susto. Pasamos de dos a cuatro. No está todavía la habitación. Visitamos su casa, dos más dos gatos, negros, juegan, saltan, cabriolas. Y al autobús, es el 700 y tiene dos pisos. Nos acercamos a Shoreham by sea. Pueblo costero donde lo primero que buscamos es comida. Será india en un cottage antiguo en blanco y negro. Sabrosa y con especias, picante. Uno de los camareros nos pregunta nuestra procedencia, él es de Bangladesh. No aparece que haya prisas en el local, creo que abrieron la cocina para nosotros. Luego paseo, la playa es de piedras pero tiene pasarela de madera que hace el paseo agradable, algo de brisa contemplando un frente de casas bajas, deseables. Se mantuvo el respeto al entorno.
Visitamos después el cementerio de lápidas torcidas en jardines en sombra. Rodea la iglesia donde se homenajea a los caídos del lugar y donde se echa en falta la iconografía.
Ya de vuelta el paseo marítimo de Brighton se llena de terrazas donde se cena pronto o se come tarde, y se bebe si no hay hambre. Las sidras de sabores están de moda. Cenamos en italiano y paseamos. Los días del orgullo dejaron suciedad en las calles que no ha sido retirada. Muchos mendigos que piden o leen en colchones o sacos. El muelle con luces se adentra en el mar y las tablas no juntas dejan ver la oscuridad, pero todos sabemos que allá abajo hay agua infinita. Hay olor a churros, a más comida, y temperatura ideal. Juegos de monedas que nunca caen y atracciones para niños y mayores. Se puede uno sentar en una hamaca y ver la orilla con luces que se mueven y sentir que nada pasa. El mar, sea cual sea, está en paz, calmado, sereno, cualquiera podría decir que es una balsa de película, un decorado para una escena de amores en el muelle.

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Seis de Agosto, el GPS del coche de Uber da instrucciones que parecen equivocadas. Pero aún así llegamos a destino. La actividad en Barajas ya es casi frenética y son escasamente las seis de la mañana. Lunes de viajes, colas y esperas antes del despegue. La ola de calor no se va todavía. Instrucciones, pantallas, móviles, información, relevante, toneladas de imágenes y datos que fluyen, que vienen, que van, y yo en ese estado de madrugada interrumpida que deja al cuerpo buscando algo perdido. En el aeroplano, qué bonita palabra que no se usa ya, hay gente que se hace fotos tomando el café mientras Mr.Bean saca sonrisas. No hace falta escuchar el audio, no hay nada que escuchar para entenderlo. Todo con ruido de fondo y sueños resumidos. También temblores involuntarios y el mar ahí abajo, o puede que no; todo está tan lejos que se pueden confundir aguas y campos. Paul Auster cuenta historias que yo leo. Leo un poco y luego escribo esto. Mientras el mar parece infinito, o los campos. Se atisban costas, será inglesa si no equivocamos destino. 
Apuntes de Roma en las hojas precedentes ya tachadas. Pasar el tiempo en un tubo volador o volante. Escribir con tinta negra sobre fondo beige. Ver extensiones de nubes, ¿cirros?, que ocultan el sol a ellos, no a nosotros. No ver la luna, que para en otro planeta. Allá donde sea de noche que aquí se hizo el día. Olas que rompen, sólo en la pantalla de entretenimiento, olas sin ruido y lagos sin rumor. Imágenes que transmiten paz, o pace, o peace. Tanta variación para decir lo mismo. Hasta las nubes se tiñen de colores, fuera de la realidad. Busco definiciones de viajar y no se me ocurre nada original. No es mi día. Quizás viajar sea igual a ver, si se abren los ojos. Ver, esto, aquello, estos, aquellos, todo hasta que se va la luz. Bajamos a los suelos, poco a poco, tierra visible, habrá humanos, se mueven barcos, embarcaciones que dejan estelas.
La hierba no es tan verde como antes, o como hace unos meses. Lo volverá a ser, seguro.

domingo, 15 de julio de 2018

landero


Acabado en el aeropuerto de Heathrow en otoño del año de su publicación. No me queda más, sólo el buen recuerdo.

Caballeros de fortuna. Luis Landero. 1994