domingo, 26 de julio de 2015

justicia



Piden verdad, justicia y responsabilidades políticas. Han pasado dos años. Son los familiares de las víctimas del accidente del tren que buscaba Santiago la víspera de la fiesta. Dos años pidiendo algo es mucho tiempo. Y mientras, se nos va la vida en el respeto a las instituciones. Se ha puesto de moda, respetar los bustos, los cuadros o una misa mas o menos. El respeto a las personas se olvida. Y cada día que pasa mas se olvidan. Y eso es un ejemplo de la marca España, de como se pueden hacer las cosas mal, de ese país que se quiebra, en el que nadie cree, que se rompe por egoísmo e ineptos. Por sinverguenzas y corruptos. Sin intereses comunes, aparentes. Salvese el que pueda. Yo me salvo andando, con música en auriculares que transmiten sensaciones y ponen música a un paisaje urbano caliente al sol. Música para una foto lejana que parece bautizo en pórtico de iglesia. Música para coches que molestan o a perros que ladran a mi paso o a caras que se esconden en paseo de tarde desde esa residencia. O para padre e hijo pequeño que no saben qué hacer juntos, aburridos. O para una suciedad manifiesta. Pero sobre todo, música para la soledad de los pocos que pasean. Los que se sientan, esperando a nadie, o los que no saben donde ir, pero van. El sin sentido, quizás, de la vida, musicalizado. Es mas llevadero. Es diferente, trastoca los sentidos y los aleja de la falacia y del absurdo, aunque la soledad de la tarde me recuerde la de aquellos que piden algo, esperando que la mezquindad de la política se evapore, con rabia en los ojos. Que no se olviden los que mandan de a quién tienen que servir.

domingo, 19 de julio de 2015

moscas


Libro recibido en 1998, como regalo de cumpleaños. Acumula años en la estantería. Fino e ideal para un verano de tardes largas. De letra gorda y de pocas páginas, de ambiente detectivesco sin detectives. De ambiente policial con agentes al margen. De amnesia como telón de fondo. De querer conocerse a sí mismo a medida que lo que parece una familia se rompe y el amor escondido renace para acompañar al protagonista en su auto identificación. Tramas donde las pistolas dejan huellas de sangre y el misterio se resuelve en final trabado y un tanto confuso. Pero el objetivo se cumplió. Dejar rastro de algo que sirvió para matar las horas de esas tardes perezosas.

El criterio de las moscas. Luis Manuel Ruiz. 1998

nanking


Como parte de la invasión de China por parte de Japón nos encontramos en la ciudad de Nanking con un buen alemán. Es octubre de 1937 y él, John Rabe, trabajador de Siemens en China se enfrentará a la labor más ardua de su vida. Intentar proteger las vidas de miles de civiles atrapados en la ciudad en la barbarie de la invasión japonesa. Presidente del comité formado por extranjeros que creó una zona de seguridad en la ciudad arriesgó todo para intentar evitar el sufrimiento de los más afectados. A pesar de ello no pudo evitar los asesinatos en masa y sobre todo la violación sistemática de las mujeres chinas por el ejército japonés. Sin creer lo que veía escribe en su diario y vía la embajada de su país quiere que el horror alcance a ser público y llegue a ser conocido por Hitler. Ahí perderá una de sus batallas. Alemania y Japón estaban jugando otra partida. Reconocido por todos en China, Rabe vuelve a su país en la primavera del 38 y allí, a pesar de pertenecer al partido nazi en el poder, al cual se afilió para poder crear una escuela alemana en China, es interrogado por la Gestapo y conminado a no dar cuentas de lo que ha visto. La segunda parte del diario es igual de interesante. Los últimos días del cerco aliado sobre Berlín, 1945, primavera. Vienen los rusos, y los ingleses y americanos. También se viola a las mujeres y se pasa hambre. La guerra la escriben los vencedores y los perdedores anotan en su diario. Testimonios de superación de un hombre bueno que solicita no ser catalogado como nazi. Pone como prueba su papel en Nanking. No le vale. Le valdrá mas tarde en apelaciones. Él mismo lo dice, “no me hubiera unido al partido si hubiera sabido de las atrocidades…”. Le echan en cara que no se borrara cuando regresó a Alemania. “Idealista de primera ola”, se define. Todo eran rumores. Muere en 1949. Su labor en Nanking, desinteresada, fuera de los grandes focos, poco conocida, es reconocida años después. Dice Confucio que el concepto de humanidad se limita a amar al prójimo.


The good German of Nanking. The diaries of John Rabe. 1998

por segovia


Sueños sobre almohada en hotel de Sepúlveda, el Villa de. A un kilómetro del pueblo. Habitación abuhardillada, limpia y sencilla. Desayunamos en el bar del hotel, de ambiente taurino. Trato muy amable y bizcocho casero. El kilómetro se antoja largo, en subida y con poca sombra. Los vecinos se quejan de calor. Villa de calles estrechas y plaza que se me hace pequeña comparada en la memoria. Siguiendo las calles el pueblo se acaba al borde del Duratón cuyas primeras hoces se atisban desde un mirador. Ausencia de ruidos, sólo los pájaros dicen algo, golondrinas. Sol y cuestas. Se vende la casa de Victoriano de la Serna, que fue torero, y tiene calle. La Iglesia del Salvador está en penumbra que nos ilumina el chaval que acaba de abrirla. Románica y presidida por un Cristo tallado en madera, que puede ser del XIII. Paño de pureza verde y decorado, y borde rojo. Nos habla de la misa de Minerva, el tercer domingo de cada mes. Tradiciones enraizadas con ritos paganos. Al final del pueblo se encuentra la iglesia de la Virgen de la Peña cuya imagen dicen que se encontró en una gruta cercana. Ésta preside el retablo barroco y el silencio. Buscando comida volvemos a Riaza y en la Iglesia de Nuestra Señora del Manto se preparan para misa de Domingo. Excepcional Piedad en capilla anexa al altar. Talla de ropajes exuberantes con figuras voluminosas, ella sujetando al Cristo por los hombros. En el anonimato queda su autor pero no su especial atractivo. Comemos al aire libre en plaza que aún mantiene escenario dispuesto para el country. El menú hecho a propósito para el festival musical. Las moscas se acercan a la comida. Y el sol inunda el albero elíptico de un sitio con encanto. A la salida del pueblo suena Rodney Crowell y su Oh, what a beautiful world. Deliciosa balada para seguir caminando.

maus


Puede parecer otro libro sobre el holocausto pero no lo es. No es sólo el hecho de que se trate de una novela gráfica. El autor recrea la historia de sus padres, supervivientes de Auschwitz, y lo hace a través de las entrevistas con el padre, simpático cascarrabias que busca desesperadamente la atención de su hijo y de su nuera. Quizás sea ese el punto que engancha a una historia mil veces contada y escuchada, novelada y representada. Aquí el blanco y negro pinta rostros de animales en la barbarie. Sigo la historia con interés. Con el padre buscando al hijo y viceversa, con intereses opuestos, egoístas ambos, humanos.  Al final una foto de verdad muestra al padre, con traje de preso, foto de estudio, de recuerdo de lo que no se quería recordar pero era indeleble. Primera novela gráfica en ganar un Pulitzer. Para no perdérsela.

Maus. Art Spiegelman. 1991

sábado, 18 de julio de 2015

clásico


Discoplay era un sueño. Llegar a sus tiendas y buscar era uno de aquellos placeres de antaño que muchos conocimos. En los sótanos de Gran Vía o en otras ubicaciones siempre ajustaban precios y siempre había ofertas. Música que también llegaba en forma de catálogo mensual, revista con cientos de referencias que se podían recibir en casa. También vendían libros y otras cosas, también en oferta. Y uno de ellos aparece en mis manos haciendo limpieza de estanterías. No leído, comprado en Discoplay en el 98. Las páginas amarillean. El título es sugerente para los futboleros. Hay fútbol pero mucha historia. El autor no sigue un estricto orden cronológico y a veces no se entiende el porqué de tanto desvarío en el tiempo pero los datos son jugosos. Leer para entender o para descubrir que de aquellos barros vienen estos lodos. Fue en Marzo del 25 cuando la dictadura de Primo de Rivera disolvió la Mancomunidad Catalana. El 14 de junio de ese mismo año, en un partido amistoso, Barcelona-Jupiter, de homenaje al Orfeó Catalán, se silba la Marcha Real española. Seis meses de suspensión para el club fue la consecuencia. Llegó la Guerra Civil y las dos Españas. Y el exilio, y la amnistía para algunos futbolistas o no. El club catalán intervenido. Se hace limpia. Y esa división afectando al deporte. En el 43, posguerra, semifinales de copa, Real Madrid-Barcelona. La ida en la ciudad condal. Tres a cero. Pitos y coacción a árbitros y jugadores rivales. La vuelta, once a uno. Se reparten pitos en taquilla en Madrid. Más de lo mismo. Escándalo. Samaranch estuvo años sin poder publicar prensa por la crónica de aquel partido de vuelta denunciando el ambiente de Madrid y el arbitraje. No se sabe de qué hablamos, si de pasión o de fútbol, o de revanchas o de venganzas. Pero lo cierto es que aquella división sigue, a pesar de que en otoño del 43 se jugaron dos partidos de la paz, con los presidentes Vendrell y Bernabéu apostando por la cordialidad. Fue pasajero, un espejismo. Luego vino el fichaje de Di Stefano que volvió a dividir. Y luego los partidos de cada año y luego las reivindicaciones políticas, y luego el ansia de libertad. Y nadie sabe que nos deparará el futuro. Nadie quiere ver otro partido. Se agotan los calificativos cada año. Pero no inventamos nada. El deporte como excusa para por unas horas pensar que todo está mejor. Que los problemas ya no existen, que las banderas y los colores lo tapan todo. Y todos sabemos que no es así. 

Madrid-Barca. Historia de un desamor. Julián García Candau. 1996

emmylou


Colas, calor y gradas para resguardarse. Riaza, provincia de Segovia. La ola de calor nos persigue incluso a las alturas, casi los 1200 metros. Segunda edición del Festival Country Huercasa. Y segundo día. La marca, segoviana, empresa de productos del campo. El recinto, un campo de fútbol, donde el escenario ocupa la parte enfrentada a la modesta tribuna. Gradas que se llenarán para albergar a los más mayores. Hay jóvenes pero abunda la madurez y más que eso. Media de edad que se eleva. Palco con bancos de paseo de pueblo. Banquillo también ocupado. Y country en vestimentas, en sombreros y en faldas de flecos. O en vaqueros. O lo que quisimos ser. Suenan los banjos. Prohibido entrar comida y bebida, un error. Y un mal detalle no anunciarlo. Y a esperar. Murmullos, colas para comprar tickets de comida y bebida. Colas asimétricas. Expectación. Urinarios portátiles propios de competición deportiva. Moscas que se solazan al calor. Música de ambiente. Luego llega Manolo Fernández y pincha discos. Bocadillos de tortilla y cerveza, más gente. Se van acercando al escenario. Poco baile. Pasa el tiempo y llega el HCF All-Stars Band. Grupo de músicos formado para la ocasión. Cumplen con sus versiones. Después el infatigable Manolo presenta a US Rails. Poderosos en guitarras. También hay balada. Interesantes. Entre unos y otros se mueve casi todo el escenario. Cables que van y vienen. La expectación en aumento. Llega la estrella, ella es Emmylou Harris, pelo blanco, blusa si mangas, falda larga. La gran dama del Country. A su lado Rodney Crowell. Ella 68, él 64. Músicos de gira, su primer concierto en Europa. La banda arropando y haciendo sus solos. Él con su voz especial. Hay algo de mitomanía en querer ver a los que cantan. A los que alumbran emociones. Ella dice que su música va dirigida a mover corazones. La conocí hace muchos años y se me escapan los detalles. Fue en un single de tocadiscos en casa de un tío mío. La oí y quise seguirla. Desde entonces, casi toda su discografía me ha acompañado. Música de sueños y más cosas. Emociones. Su voz siempre fue angelical. Hoy lo es menos. Pero está ahí. La vemos muy de cerca. A escasos metros. Intenta animar al respetable. Asistimos mezclados entre público que atiende de forma diferente. Los hay ensimismados, los hay que están por estar. Quizás sea el poco conocimiento del inglés o el exceso de alcohol o las ganas de otra cosa. Pero debería ser un delito ponerse a hablar cuando suena “Dreaming my dreams with you”. Dos bises para cerrar. El público no insiste más. Se me antoja una despedida fría. Menos mal que sale Manolo para recordar que a veces los sueños se cumplen. La música cumplió esta vez su faceta soñadora. La noche, estrellada. Ideal, para acabar con chaqueta. Abandonamos el recinto. Pero sigue la música, a la salida del campo cuatro jóvenes atacando canciones, la maleta dice que se llaman Jo and Swiss Knife. Unos cuantos nos paramos y escuchamos. Se ve tan poco que los faros de los que se van iluminan la escena. Suenan y muy bien. De aspecto desaliñado, buscado, hacen lo que ellos llaman folk americano. Son de aquí, cantan en inglés y suenan a gloria. Venden CDs. Lo compro. La música de antes, los callejeros ofreciendo su arte y su voz, buscando aplausos y alguna moneda, pero sobre todo brindando la posibilidad de mover un pie, un cuerpo, o de encontrar de nuevo un sorbo de vida en una melodía o en una letra. El grupo que pone punto final a una noche ya negra, buscamos un auto al que la tecnología a distancia encuentra en un paraje donde los árboles y la vegetación se vieron hoy invadidos por un parking. De recuerdo el pelo blanco. Y una voz, y toda una vida, o casi, para ver a la responsable de tantos escalofríos.

sábado, 11 de julio de 2015

jonás


Novela boliviana que salvo matices podría ocurrir en cualquier país. Ligeras referencias al narcotráfico asentado lo evitarían. Novela fácil, de adulto aburrido que encuentra musa extramarital en forma de mujer para dar rienda suelta a su pasión. De familia política rica que le hace la vida posible e imposible. Sexo y amor, parejos y revueltos. Personajes que viven sin apreturas. Sorpresas finales diversas. Casualidades y azar, naturaleza desbordante, todo para calmar las aguas de un personaje tan peculiar como la obra.

 Jonás y la ballena rosada. Wolfango Montes V. 1987

zurbarán


Thyssen-Bornemisza, es el nombre del museo, heredado del mecenas barón. Hoy descubro que no hay doble ese al final del apellido. Siempre se aprende algo, incluso en una tarde de estío que deja el asfalto hirviendo y a los humanos renqueando, buscando la sombra. En el museo se presenta una nueva mirada sobre Zurbarán. Recopilatorio de obras traídas de museos y colecciones privadas que han cruzado océanos y tierras para ser presentadas en conjunto, de forma cronológica. Se agradece el que no sea mucho el público asistente y se pueda pasear y mirar y volver a mirar sin apreturas. En su primera época pinta Zurbarán un San Serapio, mercedario, que colgadas sus manos de sendas cuerdas, parece agotar sus fuerzas mientras su cabeza se inclina. Más adelante en su carrera aparece una secuencia de santas de las cuales me quedo con la Santa Marina, de rostro sereno y firme. En la sala de la madurez se presenta una joya, que es la Virgen niña rezando, cuadro de pequeño formato que viene del Ermitage ruso. Curioso el Descanso en la huida a Egipto que muestra a Jose y María muy juveniles mientras ella da el pecho al niño. Y ya de su última etapa destacar otra joya, el Crucificado, que deja un calvario a medio camino. San Juan, la Virgen y la Magdalena aparecen a menos de medio cuerpo, sombreadas y llorosas ellas. San Juan, compungido, mira al Cristo que ilumina la escena. Excepcional y diferente composición en una obra que pertenece a un millonario británico coleccionista de arte, Ivor Braka. Ya afuera, a la sombra de los edificios, en patio de entrada, nos sentamos para asistir a una obra breve, 15 minutos de micro teatro, inspirada en uno de los cuadros vistos. Se trata de El cinturón del rey Gaspar. Buen hacer de los dos actores, el pintor y el monseñor que declaman y se mueven al compás de un cuadro por encargo. Aplausos finales antes de volver a unas calles que siguen y seguirán calurosas. Doble ración de fuerzas en dos casas, Casa Manolo y Casa Alberto, en una las croquetas son la especialidad, crujientes y blandas en el interior. En la segunda, las albóndigas de ternera en salsa. Abundantes y sabrosas. Dos buenas formas de reponer fuerzas y espíritu en la tarde en la que la luz se resiste a desaparecer.

viernes, 3 de julio de 2015

orwell


Publicado en Abril del 38, sin saber el resultado de la guerra, que él aventura malo para las fuerzas de la República, es este libro un testimonio de primera mano de la guerra civil. El escritor inglés viene para combatir al fascismo en diciembre del 36 y durante seis meses descubre el frente, la lucha, la retaguardia, los hospitales y se ve envuelto de lleno en los sucesos de mayo del 37 en Barcelona que enfrentan a comunistas y anarquistas. Orwell describe y emite juicios. El POUM, partido donde se integra, acaba siendo perseguido por el gobierno acusado de colaborar con el bando insurrecto. Locura dentro de la guerra, acusaciones infundadas y falsas que le llevan a él y a sus compañeros a ser perseguidos tras dejarse la piel o media vida en los frentes. Es vivo el relato, honesto. Inolvidable la experiencia, relata; se lleva el balazo, derrama su sangre, y sigue sin entender el porqué de tantas cosas. Imprescindible.

 Homenaje a Cataluña. George Orwell. 1938

vida


En la librería Alcaná, de antiguo, en Marqués de Viana, hay ajetreo esa tarde. Se regalan algunos libros y se vende barato. Bolsas que vienen y van, compra venta y pedidos por web a recoger en tienda. Leer siempre es barato. Me llevo el volumen de Zoé Valdés cuyo título merece por sí solo una alabanza, “Te di la vida entera”. La escritora cubana traza la historia de un amor, azarosa y de espera, una espera casi digna de esa canción de Penélope, si no en un andén, en una Cuba que tras la revolución pierde el brío y el fundamento y los gobernantes se blindan y corrompen. Historia con sabor a aire libre y a miseria, a supervivencia y deseo, a pasión y vida. Difícil a veces, lenguaje incomprendido, llego al final con el regusto de un gran título que se quedó allá en la portada. 

Te di la vida entera. Zoé Valdés. 1996

hoy no


El dependiente de la FNAC exhibe un tatuaje en inglés que traducido dice "Todo sucede por una razón". Me cuesta ver el final, que tapa el reloj. Aún deducible hago el esfuerzo. Me cuesta mirarle y no pensar qué pensará él de esa frase, si será un convencido o no. Las palabras dejan huella, en este caso, quizás indeleble sobre piel. Pasan 48 horas y en un espectáculo organizado para recaudar fondos para un albergue de los Hermanos de San Juan de Dios, el presentador, padre de la orden, cita también el mismo lema, en forma directa y también a la inversa, “nada ocurre por casualidad”. Me enervo, me enfado. No creo en verdades que nadie puede demostrar. Ni siquiera en la mía, que no tengo. No puedo demostrar la falsedad de esa aseveración pero pienso en lo que representa su significado, en el desprecio que arroja sobre la enfermedad que se lleva a los niños, o sobre los pasajeros de un avión que un desequilibrado estrella contra una montaña o sobre el turista que toma el sol en Túnez y no atisba a ver su muerte mientras lee un libro. Y eso si hablamos del mundo civilizado. Del otro guardo silencio. Palabras que parecen despreciar esas muertes y el dolor de los que les sobreviven. No hay forma de aceptar que esas muertes absurdas ocurren por algo. Y si ese no es el sentido de la frase mejor no decir nada. Nadie se merece morir así, todos aspiramos a vivir una vida plena, cada uno a su manera, o por lo menos aspiramos a acabarla, luchando hasta el final por encontrar si no plenitud, algo a lo que aferrarse, intentando no explicar lo inexplicable y esperando que el azar, sí, eso que a veces es bueno y a veces malo, no nos roce en su vertiente peor ni nos alcance de pleno. El destino escrito, designado, predestinado, determinístico, carece de sentido para mí. Aplico el otro sentido, el común, para rebelarme y cargar a voces con todo el respeto del mundo contra aquellos que pretenden hacernos comulgar con ruedas de molino. Quizás necesitamos mas de esa tolerancia y ese respeto que, independientes de religiones, deberían tomar forma de valores supremos Pero “Hoy no” quiero discutir. Y con mayúsculas porque las dos primeras palabras dan título a una canción de Enrique Urquijo, 1993. El azar me lleva a escucharla, hermosa, de acordes inconfundibles. Y es que a veces la música no hace olvidar, pero serena mi alma inquieta.