viernes, 3 de julio de 2015

hoy no


El dependiente de la FNAC exhibe un tatuaje en inglés que traducido dice "Todo sucede por una razón". Me cuesta ver el final, que tapa el reloj. Aún deducible hago el esfuerzo. Me cuesta mirarle y no pensar qué pensará él de esa frase, si será un convencido o no. Las palabras dejan huella, en este caso, quizás indeleble sobre piel. Pasan 48 horas y en un espectáculo organizado para recaudar fondos para un albergue de los Hermanos de San Juan de Dios, el presentador, padre de la orden, cita también el mismo lema, en forma directa y también a la inversa, “nada ocurre por casualidad”. Me enervo, me enfado. No creo en verdades que nadie puede demostrar. Ni siquiera en la mía, que no tengo. No puedo demostrar la falsedad de esa aseveración pero pienso en lo que representa su significado, en el desprecio que arroja sobre la enfermedad que se lleva a los niños, o sobre los pasajeros de un avión que un desequilibrado estrella contra una montaña o sobre el turista que toma el sol en Túnez y no atisba a ver su muerte mientras lee un libro. Y eso si hablamos del mundo civilizado. Del otro guardo silencio. Palabras que parecen despreciar esas muertes y el dolor de los que les sobreviven. No hay forma de aceptar que esas muertes absurdas ocurren por algo. Y si ese no es el sentido de la frase mejor no decir nada. Nadie se merece morir así, todos aspiramos a vivir una vida plena, cada uno a su manera, o por lo menos aspiramos a acabarla, luchando hasta el final por encontrar si no plenitud, algo a lo que aferrarse, intentando no explicar lo inexplicable y esperando que el azar, sí, eso que a veces es bueno y a veces malo, no nos roce en su vertiente peor ni nos alcance de pleno. El destino escrito, designado, predestinado, determinístico, carece de sentido para mí. Aplico el otro sentido, el común, para rebelarme y cargar a voces con todo el respeto del mundo contra aquellos que pretenden hacernos comulgar con ruedas de molino. Quizás necesitamos mas de esa tolerancia y ese respeto que, independientes de religiones, deberían tomar forma de valores supremos Pero “Hoy no” quiero discutir. Y con mayúsculas porque las dos primeras palabras dan título a una canción de Enrique Urquijo, 1993. El azar me lleva a escucharla, hermosa, de acordes inconfundibles. Y es que a veces la música no hace olvidar, pero serena mi alma inquieta.

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