
El caminar en soledad te permite
escuchar, cantar o pensar, hablando en la soledad de los pasos, rodeado de
ruido de coches, de viento o de voces. Hablando en recinto cerrado, de mente o
de cuerpo y escuchando sin querer lo que el otro caminante susurra, habla o
grita. Voces que me permito robar.
“Aquí hay mas luz, es mejor que hagas la
foto aquí, con la naturaleza”. Consejos de abuelo a nieto, de familia a nieto. Dejad
libertad, dejad que haga la instantánea donde quiera. Dejadle ser y hacer. Ahora
la voz que contesta parece mayor, en un portero automático. El “¿eres tú?” no
suena a sorpresa, es mas bien gozoso. Ella espera. Quizás sea el hijo que viene
a buscar a su madre, a sacarla de casa. “Estoy al principio de la calle Velasco”.
El coche aparcado, aquí al lado. Los mayores y su recuerdo. “Me gusta la comida
de la yaya”, le dice una niña a su padre. Yo le diría que se lo dijera a ella. Se
pondrá contenta, orgullosa. El misterio de los sabores, de la infancia, la
fuerza de la costumbre. Subo andando desde Atocha, a la izquierda, otra feria
del libro, eterna, la de Moyano, un par de puestos abiertos, o tres, en uno de
ellos hay clientes arremolinados. Nuevo cargamento recién llegado, el dueño
extrae libros de una caja, o varias, como un sobre sorpresa, algunos se quedan
en su regazo, otros van a la mesa, a veinte céntimos. Novedades que pasan de
mano en mano. En otra mesa, más tranquila, también al mismo precio, cinco por
euro. Pareja en el retiro, hispanos, de visita, buscan a uno de los guardias,
en el comienzo de la subida al ángel caído. “¿Qué nos recomienda?”. “Todo”. Buena
elección, todo merece la pena. A veces se encuentra aquello que se busca donde
menos se espera, en el rincón menos esperado, quizás donde hay sombra, o donde
no hay nadie, o donde hay rosas, se llama rosaleda, hay pocas, y pocas de color
rosa. Fotos y mas fotos. “Ojalá sea siempre así”. Un deseo, se lo pedimos a
Alá, al Dios en el que creemos o en el que queremos creer, o aunque no lo
hagamos, lo decimos. Que siempre sea así, que nos quedemos como estamos, en
este momento, en este instante, o en aquel otro, o en ese otro, en esos de
plenitud, de éxtasis, fuera de la rutina, en esos especiales. Sueños y anhelos,
que no se cumplen. “Estamos recogiendo firmas”, las que no sabemos muy bien
dónde van, a veces nos enseñan unas cajas, quizás alguno de mis ilegibles
garabatos esté ahí. “Si es tan importante…”, dicho sin final, se queda abierto.
Qué es importante, nadie lo sabe. Se trata de nuestra ponderación, nada mas. Pero
nada lo es, sólo si nos paramos lo entendemos. No es necesario sentarse, se
puede hacer de pie, se puede uno quedar en medio de una calle, mirar, ante la
mirada de los demás, cerrar los ojos y no volar, pero sí respirar, y olvidarse
de considerarnos centro de nada, de ningún universo. Y llegar a descubrir que
nada es importante. “Ya me cuentas” “Ya te contaré”. Mañana continuará. Seguirán
hablando en unas horas o en unas horas, se volverán a ver. Es lo que dicen con
las palabras, mantened el contacto, el objetivo. La feria se llena de
firmantes. “Si no me firma me va a dar algo”. Parece una adolescente ya algo
mayor. Es a lo que ha venido. A por el registro del ídolo, que la mirará, le
preguntará su nombre, y ella impaciente en la espera, y casi llorando ahí
delante, mientras el bolígrafo escribe algo que ella leerá y volverá a leer y
guardará hasta que llegue un día que el libro, en unos años pase a esa cuesta
cercana y alguien lo compre por unos céntimos y quiera descubrir quién será,
quién fue esa chica de nombre tan bonito, nerviosa esta mañana. Y me voy con la
frase mas hermosa, “Qué bonito es el Retiro”, dicho desde el corazón y desde la
inocencia. Alguien empuja su silla, alguien que sacrifica su fiesta por estar
con ellos, los que no vemos pero siempre nos hacen llorar.