
Delante de Colón, pasa desapercibida. Paso
de cebra de la Biblioteca Nacional. Es dificil fijarse salvo que se levante la
cabeza. A veces vamos mirando el suelo demasiado, o al frente, pocas veces
miramos al cielo. Parece sorprendida, el gesto lo denota. Mesarse los cabellos
implica pensar, el torso desnudo, un paso al frente. No es para menos, la
sorpresa surge cada día al paso de la noticia, o del acontecer de la tierra. Un
extraterrestre se marcharía al vernos. Eso dicen algunos por la web, que no
quieren saber nada de nosotros. Las piedras tampoco. Sólo que no se pueden
mover, ni gritar, ni correr. Si tuviera que elegir un personaje de ficción me
quedaría con Forrest Gump. Para correr hasta decir basta. Es la forma mejor de
aislarse del mundo, de no escuchar coches ni ruidos, de no pensar. De escuchar
pasos y latidos, y una respiración acusada. Hay otra no tan intensa, que es
pasear. Soslayamos los miles de ciclistas, 100.000 dicen, que participan en la
fiesta de la bici en Madrid. El centro cerrado al tráfico, o casi. Muchos niños,
mucho color. Suben por Génova y ella de espaldas. Casetas en Recoletos, 26 años
de feria del libro antiguo. Vienen de toda la geografía. Compramos un par de
libros, por cinco euros. Leer no es caro. Nunca. Siempre se puede empezar por
los clásicos. Baratos en tapas de colores de Austral. Muñoz Molina también va
en bici, pero no en el gran grupo, despistado parece, buscando algo. Después seguimos
paseando en busca de unas tapas por Malasaña. Ofertas para el consumo. Esa parte
de Madrid está sucia. Muchos lo dicen pero los que gobiernan no oyen. Es el
gran problema del poder. No escuchar a quién te puso ahí. Los mismos que los
quitarán. Sueños de grandeza que duran cuatro años. A mal tiempo mejor cara, la
gente está en la calle, las terrazas llenas, el sol acompaña. Madrid no
descansa. Bulle inquieta. En el pedestal no hay cambios ni los habrá. Sólo cuando
llueva la piedra absorberá o rechazará. Cambiará de color un poco. Las gotas caerán,
y no serán llantos.