Quizás visitamos más de 30 castillos en ese viaje de agosto
del 91. Para todos los gustos, derruidos y enteros, auténticos palacios unos,
más que fortalezas, otros medievales, unos de paredes que respiran muerte,
otros como cuentos de hadas. El Donan Castle es de postal, allá en las
Highlands, ocupa una pequeña isla del lago Duich unida por puente al mundo. Del
siglo XIII, fortaleza defensiva ante los vikingos, es de esos sitios que no se pueden dejar de visitar si usted está por allí. Y qué decir del
castillo de Comlogon, en Clarencefield, la explicación de la guía de que aún
habitaba el lugar el fantasma de una chica que se suicidó para no casarse con
el pretendiente elegido por su padre hace que durante el resto de la visita se
amplifiquen los sonidos desconocidos y se mire para atrás. Nunca dormiría allí.
Pero si me quedo con uno es con el castillo de Sinclair, en la costa escocesa,
su construcción, hoy muy derruida, al lado del acantilado, evoca un centro de
defensa ante las incursiones enemigas. Se puede bajar al mar, y ahí, en una
pequeña y estrecha ensenada donde el agua llega a las rocas, uno imagina idas y
venidas en barcas que llevan a barcos mas grandes anclados afuera, en la bahía
del mismo nombre, naves que esperan viajeros que agitan manos en despedida de
los que moran allá arriba. Y las tempestades han hecho su parte de trabajo, y
el paso de los años, pero mientras quede una piedra en pie la imaginación
humana no tendrá límites.
sábado, 13 de octubre de 2012
hacia el sur ag-91(5)
Carlisle, Inglaterra, alberga la tercera catedral más
pequeña de Inglaterra, donde las columnas se han hundido varios centímetros en
la tierra. Del siglo XII, recibe luz a través de una esplendida vidriera que
casi ocupa toda la pared tras el altar. De
ahí a Lancaster, con magnifico castillo que recorrimos en visita guiada, con
ventanal exterior que no es tal sino lugar de ejecución, de la ventana a la
muerte, pública, dicen que hasta 6.000 personas se congregaban para ver el
ahorcamiento, siempre la muerte fue objeto de morbosidad. Y paseamos por Chester, ciudad medieval de
casas con vigas de madera, con castillo y Catedral. Ahí al lado el magnífico
castillo de Peckforton que en su perímetro alberga ese día la recreación de un
poblado vikingo. Dice Elena en sus notas: “comprobar si la canción Como
siempre, de Mocedades, es realmente suya”.
La respuesta, años después, es no,
es de Peter Skellern, “You’re a lady”. Seguimos camino de Stratford upon
Avon, donde nació y murió Shakespeare. Y visitamos la casa con techo de paja de
su mujer Anne Hathaway. Camino hacia Budford, pueblo medieval también precioso,
y llegada a High Wycombe, estratégico lugar para visitar Windsor y su famoso
castillo.
páramos ag-91(4)
Y desde Edimburgo nos vamos dirigiendo hacia las tierras
altas, y paramos allá donde se destila el whisky, donde las vacas peludas
pastan tranquilamente, y llegamos a Dunkeld, donde su pequeña catedral ofrece
información en castellano. Y se suceden las carreteras, con lagos, vacas y
conejos, y aparecen las endrinas, el fruto del pacharán, y los campos de
frambuesas, los graneros con los tejados redondos, valles llenos de vacas, la
estepa escocesa, ovejas que cruzan la carretera porque ese es su camino, y el
brezo por doquier. Vemos el paso de Killiecrankie, donde dicen que un soldado
hizo el salto imposible huyendo de sus enemigos. Llegamos a Inverness, allí al
lado del famoso lago, y llovizna ligeramente y no nos cansamos de preguntar por
posada pero es que está todo lleno, así que aparcamos en el parking exterior de
un pub en Invergarry, donde tomamos algo
mientras un hombre al acordeón toca el “que Viva España” y los “pajaritos” y
algún otro pasodoble. Y tras la noche casi en vela descubrimos el lago Ness
tras la niebla y no hay rastro del monstruo, y nos adentramos en barco de
turistas, pero nada, sólo agua y vegetación en sus bordes. Un fallo de
logística, nos quedamos sin dinero y los cajeros no nos quieren dar más, nos
lleva a tener que ir a sitio civilizado, en este caso Aberdeen, donde conseguimos
las libras. A la vuelta nos adentramos
en las Highlands y tras páramos surcados por estrechas vías donde de vez en
cuando aparece un lugar de paso para que los dos coches que llevan direcciones
opuestas se puedan apañar llegamos a John O’Groats, el punto más septentrional
de la isla de Gran Bretaña. Y de ahí, en dirección contraria a las agujas del
reloj bordeamos la costa, con parajes de ensueño y pequeños lagos. En una de
esas acabamos en el hotel Melvich, lugar que aparece de la nada tras una
carretera donde se ha hecho de noche y no hay señales de vida humana excepto un
pequeño bar donde los moradores parece que se quedaron parados en el tiempo.
El hotel es más que acogedor y la chimenea del salón, encendida, brinda una
sobremesa para recordar. Todas las noches
de la vida podrían ser como esa. Ahí afuera está oscuro y los habitantes del
pequeño establecimiento estamos ajenos al mundo. Siguen cayendo los kilómetros
o millas, las carreteras se empinan en algún momento, pendientes de 25%, que
suben y bajan para desembocar en playas como la de Clashnessie, de arena rosa.
Cruzamos a la isla de Skye en ferry, y el terreno es salvaje y despoblado,
donde las cascadas caen directamente al mar y la arena es negra en algunas
playas. De vuelta a la gran isla, el viaje prosigue bajando la costa, y se
suceden los castillos antes de entrar de nuevo en Inglaterra. Atrás queda Escocia, su costa oeste, lugar de ensueño para los sentidos.
edimburgh ag-91(3)
Camino de Escocia, la que ahora convertirá en plebiscito el
deseo de independencia de parte de la población, alejada de Inglaterra, es difícil
ver el sol, casi imposible esos días, el cielo es gris aunque casi no llueve,
lloverá a lo largo del otoño e invierno para dar color a los campos y a las
extensiones donde sólo el brezo reina, allá donde se pueden contemplar algunos
de los parajes más espectaculares que uno pueda imaginar, donde la soledad
parece eterna, donde no parece correr el tiempo, donde las carreteras son
accesorias, pero vitales, estrechas y casi escondidas en el paisaje. Pero Edimburgo
todavía es ciudad, con su imponente castillo, que conserva un característico
olor. Al despertar tras la primera noche allí, enfermo a mediodía, repentinamente, con fiebre alta, “jose
se pone malo, fiebre”, “jose se pone bueno, no fiebre”. Lo dice Elena en sus
notas, la que me cuidó, recuerdo el Bed and Breakfast donde estábamos alojados,
enfrente de un campo de golf, la habitación enorme, con grandes ventanales, la
dueña me dio alguna pastilla, mano de santo, por la noche pudimos asistir al
espectáculo del Tattoo, desfiles de bandas militares, que marchan al son de
gaitas y tambores, bonito espectáculo al aire libre, tapados con manta, la
noche refresca en la explanada del castillo pero el calor se conserva al cobijo de la cercanía.
de camino ag-91(2)
De viaje al norte, intentando llegar a la coste este, hicimos
parada en Cambridge, opuesta a Oxford, recuerdo de regatas por la tele.
Cambridge alberga historia anciana, estudiantes de otro tiempo. Visita al Queen’s
College, fundado en el siglo XIV, hoy es residencia, también al King’s College,
más historia en forma de recintos donde uno se imagina los candiles en las
ventanas y camino a York. Ciudad antigua, fundada por los romanos, allí visitamos el museo de cera, y la muy famosa
catedral, gótica, de finales del XIII y primeros del XIV, con sus 274 escaleras
hasta el final de una de las torres. Retrocedemos más atrás en el tiempo, hasta
las épocas vikingas, en el centro Jorvik, con la historia de las invasiones por
mar y de la vida en aquellos tiempos. Más paseo por sus calles,
diferentes. Y en los alrededores, una
maravillosa abadía derruida, Fountains Abbey, donde la hierba crece verde entre
las columnas, a cielo abierto, monasterio cisterciense de primeros del XII. Ruinas
en soledad y a merced del sonido de los pájaros. Salimos a la carretera, camino
del noreste para visitar el espectacular castillo de Lindisfarne, siglo XVI, en
la Holy Island, o las ruinas del Dumbar Castle, con el objetivo de seguir
aproximándonos a Escocia.
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