sábado, 13 de octubre de 2012

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Quizás visitamos más de 30 castillos en ese viaje de agosto del 91. Para todos los gustos, derruidos y enteros, auténticos palacios unos, más que fortalezas, otros medievales, unos de paredes que respiran muerte, otros como cuentos de hadas. El Donan Castle es de postal, allá en las Highlands, ocupa una pequeña isla del lago Duich unida por puente al mundo. Del siglo XIII, fortaleza defensiva ante los vikingos, es de esos sitios que no se pueden dejar de visitar si usted está por allí. Y qué decir del castillo de Comlogon, en Clarencefield, la explicación de la guía de que aún habitaba el lugar el fantasma de una chica que se suicidó para no casarse con el pretendiente elegido por su padre hace que durante el resto de la visita se amplifiquen los sonidos desconocidos y se mire para atrás. Nunca dormiría allí. Pero si me quedo con uno es con el castillo de Sinclair, en la costa escocesa, su construcción, hoy muy derruida, al lado del acantilado, evoca un centro de defensa ante las incursiones enemigas. Se puede bajar al mar, y ahí, en una pequeña y estrecha ensenada donde el agua llega a las rocas, uno imagina idas y venidas en barcas que llevan a barcos mas grandes anclados afuera, en la bahía del mismo nombre, naves que esperan viajeros que agitan manos en despedida de los que moran allá arriba. Y las tempestades han hecho su parte de trabajo, y el paso de los años, pero mientras quede una piedra en pie la imaginación humana no tendrá límites.

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Carlisle, Inglaterra, alberga la tercera catedral más pequeña de Inglaterra, donde las columnas se han hundido varios centímetros en la tierra. Del siglo XII, recibe luz a través de una esplendida vidriera que casi ocupa  toda la pared tras el altar. De ahí a Lancaster, con magnifico castillo que recorrimos en visita guiada, con ventanal exterior que no es tal sino lugar de ejecución, de la ventana a la muerte, pública, dicen que hasta 6.000 personas se congregaban para ver el ahorcamiento, siempre la muerte fue objeto de morbosidad.  Y paseamos por Chester, ciudad medieval de casas con vigas de madera, con castillo y Catedral. Ahí al lado el magnífico castillo de Peckforton que en su perímetro alberga ese día la recreación de un poblado vikingo. Dice Elena en sus notas: “comprobar si la canción Como siempre, de Mocedades, es realmente suya”.  La respuesta, años después, es no,  es de Peter Skellern, “You’re a lady”. Seguimos camino de Stratford upon Avon, donde nació y murió Shakespeare. Y visitamos la casa con techo de paja de su mujer Anne Hathaway. Camino hacia Budford, pueblo medieval también precioso, y llegada a High Wycombe, estratégico lugar para visitar Windsor y su famoso castillo.

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Y desde Edimburgo nos vamos dirigiendo hacia las tierras altas, y paramos allá donde se destila el whisky, donde las vacas peludas pastan tranquilamente, y llegamos a Dunkeld, donde su pequeña catedral ofrece información en castellano. Y se suceden las carreteras, con lagos, vacas y conejos, y aparecen las endrinas, el fruto del pacharán, y los campos de frambuesas, los graneros con los tejados redondos, valles llenos de vacas, la estepa escocesa, ovejas que cruzan la carretera porque ese es su camino, y el brezo por doquier. Vemos el paso de Killiecrankie, donde dicen que un soldado hizo el salto imposible huyendo de sus enemigos. Llegamos a Inverness, allí al lado del famoso lago, y llovizna ligeramente y no nos cansamos de preguntar por posada pero es que está todo lleno, así que aparcamos en el parking exterior de un pub en Invergarry,  donde tomamos algo mientras un hombre al acordeón toca el “que Viva España” y los “pajaritos” y algún otro pasodoble. Y tras la noche casi en vela descubrimos el lago Ness tras la niebla y no hay rastro del monstruo, y nos adentramos en barco de turistas, pero nada, sólo agua y vegetación en sus bordes. Un fallo de logística, nos quedamos sin dinero y los cajeros no nos quieren dar más, nos lleva a tener que ir a sitio civilizado, en este caso Aberdeen, donde conseguimos las libras.  A la vuelta nos adentramos en las Highlands y tras páramos surcados por estrechas vías donde de vez en cuando aparece un lugar de paso para que los dos coches que llevan direcciones opuestas se puedan apañar llegamos a John O’Groats, el punto más septentrional de la isla de Gran Bretaña. Y de ahí, en dirección contraria a las agujas del reloj bordeamos la costa, con parajes de ensueño y pequeños lagos. En una de esas acabamos en el hotel Melvich, lugar que aparece de la nada tras una carretera donde se ha hecho de noche y no hay señales de vida humana excepto un pequeño bar donde los moradores parece que se quedaron parados en el tiempo. El hotel es más que acogedor y la chimenea del salón, encendida, brinda una sobremesa para recordar. Todas las  noches de la vida podrían ser como esa. Ahí afuera está oscuro y los habitantes del pequeño establecimiento estamos ajenos al mundo. Siguen cayendo los kilómetros o millas, las carreteras se empinan en algún momento, pendientes de 25%, que suben y bajan para desembocar en playas como la de Clashnessie, de arena rosa. Cruzamos a la isla de Skye en ferry, y el terreno es salvaje y despoblado, donde las cascadas caen directamente al mar y la arena es negra en algunas playas. De vuelta a la gran isla, el viaje prosigue bajando la costa, y se suceden los castillos antes de entrar de nuevo en Inglaterra. Atrás queda Escocia, su costa oeste, lugar de ensueño para los sentidos.

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Camino de Escocia, la que ahora convertirá en plebiscito el deseo de independencia de parte de la población, alejada de Inglaterra, es difícil ver el sol, casi imposible esos días, el cielo es gris aunque casi no llueve, lloverá a lo largo del otoño e invierno para dar color a los campos y a las extensiones donde sólo el brezo reina, allá donde se pueden contemplar algunos de los parajes más espectaculares que uno pueda imaginar, donde la soledad parece eterna, donde no parece correr el tiempo, donde las carreteras son accesorias, pero vitales, estrechas y casi escondidas en el paisaje. Pero Edimburgo todavía es ciudad, con su imponente castillo, que conserva un característico olor. Al despertar tras la primera noche allí, enfermo a mediodía, repentinamente, con fiebre alta, “jose se pone malo, fiebre”, “jose se pone bueno, no fiebre”. Lo dice Elena en sus notas, la que me cuidó, recuerdo el Bed and Breakfast donde estábamos alojados, enfrente de un campo de golf, la habitación enorme, con grandes ventanales, la dueña me dio alguna pastilla, mano de santo, por la noche pudimos asistir al espectáculo del Tattoo, desfiles de bandas militares, que marchan al son de gaitas y tambores, bonito espectáculo al aire libre, tapados con manta, la noche refresca en la explanada del castillo pero el calor se conserva al cobijo de la cercanía.

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De viaje al norte, intentando llegar a la coste este, hicimos parada en Cambridge, opuesta a Oxford, recuerdo de regatas por la tele. Cambridge alberga historia anciana, estudiantes de otro tiempo. Visita al Queen’s College, fundado en el siglo XIV, hoy es residencia, también al King’s College, más historia en forma de recintos donde uno se imagina los candiles en las ventanas y camino a York. Ciudad antigua, fundada por los romanos, allí  visitamos el museo de cera, y la muy famosa catedral, gótica, de finales del XIII y primeros del XIV, con sus 274 escaleras hasta el final de una de las torres. Retrocedemos más atrás en el tiempo, hasta las épocas vikingas, en el centro Jorvik, con la historia de las invasiones por mar y de la vida en aquellos tiempos. Más paseo por sus calles, diferentes.  Y en los alrededores, una maravillosa abadía derruida, Fountains Abbey, donde la hierba crece verde entre las columnas, a cielo abierto, monasterio cisterciense de primeros del XII. Ruinas en soledad y a merced del sonido de los pájaros. Salimos a la carretera, camino del noreste para visitar el espectacular castillo de Lindisfarne, siglo XVI, en la Holy Island, o las ruinas del Dumbar Castle, con el objetivo de seguir aproximándonos a Escocia.