
Frío, no mucho. Inversión térmica. Ascendemos y sube el termómetro. En París
dicen que se juega el futuro del planeta. Los campos, menos verdes, dejó de
llover. Los campos, mas blancos, la escarcha de la noche. Zonas de umbría que
contrastan con aquellos espacios que el sol ya bañó. Curvas fuera de la
Nacional I, la carretera del norte que vira al este para llegar al antiguo
Silos, ahora Santo Domingo de Silos. De nombre de granero a nombre de santo que
apareció por allí en el siglo XI para reverdecer el monasterio benedictino. Fría
la entrada donde se venden recuerdos y frío el señor que la atiende. Traspasando
una puerta estamos en el famoso claustro e inmediatamente empieza la función. El
guía viene hacia nosotros e inicia su charla. Es cantarina, suena a mil veces
dicha. Suena casi a niño de San Ildefonso cantando números. Estamos solos,
nosotros y él, en lo que dicen es el claustro mas bello del mundo. Pájaros que
suenan, rayos de sol y relieves sin policromar. Ocho en total, maravillosos. Todo
empezó en el siglo XI, y continuó en el XII y en el XIII. Abades enterrados
aquí y allá. Piedras pisadas hace siglos. Columnas y doble altura, arcos y
capiteles. El segundo piso es para los 30 monjes que aún perduran en su labor. Horror
al vacío, dice el guía ante el primer relieve. Lo que sentía el artista ante
los huecos que podían quedar entre figuras. Por eso, estas se juntan, para
protegerse del frío y del vacío. Explicación convincente. El guía sigue
cantando. Damos la vuelta al claustro, como si fuera un ruedo. En una sala
expone la pintora María José Castaño. Burgalesa, pinta su tierra, verde y
árida. Con árboles solitarios. Se titula “las verdes praderas del cielo”. El claustro
se termina al pie del famoso ciprés, plantado en el XIX, intimida su altura. De
repente el guía ya no habla, recita. Y por su boca canta Gerardo Diego, “enhiesto
surtidor de sombra y sueño”. Pasamos a la botica, donde los monjes preparaban y
aplicaban ungüentos, no para llevar, sino para sanar in situ, en aquella mesa
de madera. Porcelana de Talavera, blanquiazul, para guardar la magia. De ahí a
un pequeño museo, pocas piezas. De ahí se puede volver a visitar ya por libre
el claustro. El guía se despide y a lo suyo, a seguir cantando y glosando para
otros. Libertad para respirar y fotografiar y aspirar un poco de paz. La iglesia
del monasterio, fría y gris, espera a los monjes que cantarán mas tarde, en
horario de comida. Los gregorianos sonarán, pero no los oiremos. El pueblo se
acaba ahí, negocios esperando tiempos mejores. Carretera y curvas para llegar a
Covarrubias. Pueblo ya visitado hace años, de casas antiguas con vigas de
madera que desafían el paso de los años. Empedrado y vacío a orillas del
Arlanza. Los pocos habitantes que vemos nos saludan. Alguna tienda abierta. La princesa
Kristina y su estatua, ella vino desde Noruega a casar con el infante Felipe,
hermano de Alfonso X el Sabio. Vivieron en Sevilla, murió joven, sin
descendencia, y luego veremos su tumba. Será en la ex-colegiata de San Cosme y
San Damián, en su claustro, al que se accede desde la iglesia, donde bellos
sepulcros jalonan las capillas. Individuos solos o parejas. También los restos
del conde Fernán González y esposa, Doña Sancha, reposan en el altar. Silencio,
yo escucho el silencio. Así esperamos al joven guía que nos deleitará con sus
explicaciones, empezando al pie del sepulcro de piedra labrada donde el infante
quiso que reposara su esposa del norte. El claustro queda enseguida a un lado y
pasamos al museo diocesano, el mas antiguo de España, data de 1929. Sólo tres
salas, pero repletas de obras. La gran joya, en la última sala, el llamado
tríptico de Covarrubias, o relieve en madera de la adoración de los santos
reyes. Figuras altas y esbeltas, de rostros serios, primera mitad del siglo
XVI. De autor indefinido, algunos lo atribuyen al círculo de Gil de Silóe. Los vecinos
no lo dejan sacar del pueblo. Aquí se talló y aquí sigue. A su lado otras obras
que no desmerecen. Espectacular el milagro de la pierna de San Cosme y San
Damián, obra de Pedro Berruguete, de finales del XV. Colores verdes intensos. Y
otra obra maestra, el cuadro que representa a un triste Cristo resucitado,
flanqueado por dos apesadumbrados ángeles. Es obra de Diego de la Cruz, hecha a
finales del XV. El encargado del museo se ha propuesto mostrar el realismo de
la escena haciendo una foto de la cabeza de Cristo que se sitúa a los pies de
la tabla para apreciar los detalles. En la sacristía se acaba la visita, allí
un cuadro del cura Merino, que batalló a los franceses y que habitó la
Colegiata nos sirve para seguir hablando de historia. Afuera sigue el vacío y
la hora de comer nos lleva al El Galín, donde la sopa caliente se agradece, al
lado de un radiador y con vistas a la plaza mayor donde veo papeleras
decoradas. Yo veo gente pasar, pocos. Yo veo la luz del sol, veo las sombras,
no
siento el frío que nunca se fue de la
sombra, y que arreciará mas tarde. Yo veo a la misma gente, la de iglesias y
encuentros fugaces comer en el mismo lugar. Coche hacia Burgos. Siguiente parada.