
Málaga vacía y sin despertar. Es domingo, día de churros y chocolate. Menos
mesas preparadas hoy. Menos demanda. Por ser festivo es gratuita la visita a
muchos museos. Como la Casa natal de Picasso donde descubrimos al padre del
pintor, también artista, Jose Ruiz Blasco, y profesor en la escuela de Bellas
Artes, del que se expone algún lienzo notable y una Dolorosa esculpida. De casta
le viene al galgo, dirá alguien. Del hijo se exponen dibujos y grabados,
documentos y objetos. También treinta aguafuertes, ilustraciones para la
Metamorfósis de Ovidio, trazos simples. Las cotorras verdes chillan al
sobrevolar el teatro romano, descubierto azarosamente en 1951 al pie de la
Alcazaba. Corre la brisa en las gradas añadidas para observar el escenario
silente. En la Iglesia del convento cisterciense de Santa Ana nos dicen que ya
no hay monjas pero si la tumba que alberga los restos del escultor Pedro de
Mena. Él quiso estar ahí y que se pisara al entrar. Ahí profesaron sus hijas
con velo negro. Al lado el Museo Revello de Toro, ubicado en la casa donde
murió y vivió Mena. Ahí un video recoge la vida del que esculpió Dolorosas y
santos. Inquisidor, discípulo de Alonso Cano, destaca en su trabajo la sillería
del coro de la Catedral. El museo como tal, dedicado a Revello, muestra la obra
del artista malagueño, nacido en 1926. Es la mujer su fuente de inspiración,
plasmada en retratos y cuerpos bellos siempre acompañados de un toque sensual. También
hijo de un profesor de dibujo es admirable su serie de 12 retratos de mujer
realizados a los 79 años. Día de tapas y de paseos para llegarnos a los
jazmines y jardines de la Alcazaba donde fluye el agua y las habitaciones con
vistas que nos hablan de siglos pasados. El parque alargado y paralelo al
muelle parece un jardín tropical y las cotorras no dan tregua. Esperamos para
subir en autobús al castillo de Gibralfaro. Al final, la visión de la cuesta en
zigzag nos motiva e iniciamos la dura subida, de cuesta con pendiente inmensa. Despacio
y con paradas para disfrutar las vistas de mar y tierra, como la del coso de la
Malagueta con arena en contraste de colores. Las chumberas secas, parecen
enfermas. Vistas bonitas desde lo alto del castillo que paseamos por almenas. Paneles
que nos ayudan a descubrir vocablos y orígenes de plantas, o a conocer que hígado
e higo son parientes o que el quilate es la semilla del algarrobo. El cielo
oscurece sobre las ruinas del pasado y las moscas del estío tardío vuelven
insistentes al calor de la tarde. Terminada una agradable visita el retorno es
cuesta abajo y descubrimos las rampas de otra manera. Es hora de hacer cola
para entrar sin pagar al Museo Picasso que ocupa el Palacio de los Condes de
Buenavista. “Mi objetivo es pintar lo que he encontrado, no lo que estaba
buscando”. Lo dijo el artista que pasó de la realidad a la deriva. Es mi
opinión. O como pasar de un Retrato de mujer con cuello de piel (Olga), de 1923
a lo otro, indefinido. “El arte no es la aplicación de un canon de belleza,
sino aquello que el cerebro y el instinto conciben independiente de ese canon”.
No llego a las palabras del pintor, mas bien mi cerebro no lo concibe. Asistimos
a una muy interesante proyección de un video donde el fotógrafo David Douglas
Duncan habla del tiempo que pasó, año y medio, con Picasso fotografiando su
actividad diaria. Tras la visita tomamos un autobús que nos lleva a la Playa
del Palo. Calas y ambiente de pueblo. Se juegan cartas o parchís en la calle y
los chiringuitos calientan brasas en barcas preparadas. Al final de la playa
está el Tintero con toda clase de pescados. El mar quieto, todavía ondea una
bandera amarilla. El sol ya tenue. La luna velada por las nubes. Palmeras y
humo. Espetos desde euro y medio, competencia feroz. De ahí a Casa Mira,
turrones y helados, siempre hay gente en el establecimiento de calle Larios. Buen
género. Málaga toca a su fin.