
Murcia,
llegar por la tarde. Aparcar, mas calor, salió el sol. Grande. Hotel Zenit, en
calle estrecha, enfrente iglesia, San Pedro. Sonarán las campanas a las ocho, y
a cuarto, y a media. Pasear y descubrir. Situación cómoda para llegarse a la
plaza del Cardenal Belluga, importante en la historia de Murcia. Allí está la
Catedral, de imponente fachada. Y el palacio episcopal, de tonos salmón y que
guarda un aspecto antiguo. Del siglo XVIII. Primera y sorprendente visita a la
oficina de turismo donde a la chica que atiende parecen no importarle los
turistas. Según ella Murcia se vería en una tarde, escasa. Nada mas lejos de la
realidad, afortunadamente. Calles peatonales y llegamos al Casino. Edificio del
XIX, guarda los caprichos de construcción y estética del romanticismo, para
acoger a socios y a los que quieran pagar. Algo se puede ver sin aflojar el
bolsillo. Decorados árabes, galerías acristaladas, peceras a la vista del
público donde las imágenes se multiplican en numerosos espejos, y vidrieras de
nuevo cuño, con infinitos colores. En los bajos expone acuarelas el artista Eugenio
Para. Buen sitio, a la vista de muchos posibles visitantes para mostrar su
arte. Caminamos la Gran Vía, bulevar de terrazas y descanso. Al final del paseo
la estatua de Alfonso X, quién entró el primero de Mayo de 1243 en la ciudad,
incorporándola a la corona de Castilla. La temperatura alcanza el calificativo
de ideal. Parques con niños y múltiples terrazas. Descanso en la plaza de Santo
Domingo, donde la vendedora del kiosko de flores me confirma que el árbol de
dimensiones enormes que habita el lugar es un ficus robusta de 1800. Raíces que
se retuercen y copa gigante para dar sombra a todo el que la quiera. A su
alrededor palmeras y esculturas. Suenan los pajaritos, los de verdad y los del
acordeón. También el “my way” de la voz. Me pregunto quién será Ricardo
Codorniú, con luengas barbas, busto sobre pilar, y con niña afligida que parece
ofrecerle flores. Apóstol del árbol, estatua de 1930. Él falleció poco antes. Ingeniero
de Montes, persiguió y consiguió la reforestación de varias zonas de Murcia. La
obra es de José Planes. También una bonita obra con múltiples personajes,
dedicada a los derechos humanos. En la iglesia de Santa Ana, cercana, tocan a
misa. Pertenece al convento de las Dominicas. Y dentro se ilumina el camerino
central con la imagen de Santa Ana y la Virgen Niña sobre fondo rojo y con
nubes de sustento. Es obra de Salzillo, el autor de nombre Francisco al que
perseguiremos por las calles de su ciudad. Nació y falleció en Murcia,
1707-1783. El ayudante enciende luces con encendedor eléctrico. Las monjas
cantan. Andamos y vemos mas plazas. Una pequeñita con árbol que da sombra se
encuentra al lado de la Iglesia de San Bartolomé. Aquí se apagan las velas, lo
que no es óbice para admirar una de las joyas del escultor murciano. Su Virgen
de las Angustias, de 1740, pertenece a la Cofradía de Servitas. También llamada
la Piedad de Salzillo. En la misma iglesia un San Eloy, de 1749, expresivo y
que recuerda a la postura de San Jerónimo. Uno de los tantos que piden por las
calles de Murcia lleva carpeta en mano y ofrece marca páginas por la voluntad. Dibujados
por él, dice que perdió las tijeras hace un rato y no pudo terminar de
recortarlo en su justo tamaño. Busca subsistir. El palco del parlamento andaluz
es una cafetería restaurante sita en la plaza de Julián Romea. Probamos las
croquetas de salmorejo y de pollo al curry. También la omnipresente marinera, o
ensaladilla rusa sobre rosquilla de pan, coronada por anchoa. Marinero si se
corona con boquerón. Julián Romea fue un actor del XIX, de teatro
romántico. Plaza dedicada y teatro. Abre
el teatro gratuitamente para albergar el pregón de la coronación canónica de la
Virgen de la Soledad de la parroquia de San Antolín. Espectacular el recinto,
de tonos rojos y beige. El telón es una obra de arte, lienzo que esconde otro
telón, ya con las iniciales bordadas del teatro. Curas con alzacuellos, monjas
y público en general, así como personalidades. Se bajan las luces, se apagan. Penumbra
iluminada desde el techo. Rezos en el escenario, y cantos. Dos coros de
hombres. Son las benditas ánimas de Patiño. Aparece el pregonero, Alberto Castillo,
periodista. Loas a la Virgen, a Murcia y a la tradición. Pide respeto, no
hacemos mal a nadie. Canta Curro Piñana, saetas, a capela. Vuelve el
periodista. También es nombrado cofrade de honor. Sólo dos antes de él, uno de
ellos Jose Ibañez Martín, ministro de educación desde 1939. Entre aplausos se
despide el acto. La plaza Belluga está en penumbra, mejor. Todavía hay gente y
música. Ya no están las tijeras. Cruzamos el Segura, mucho cauce para poca agua.
Es el puente de los peligros. Todavía pedalea Venus en bicicleta. Siempre lo
hace. Es hora de descansar.