El bergante del hijo siempre estaba haciendo rabiar al fámulo de la familia, éste, aún cansado, aguantaba carros y carretas mientras pergeñaba futuros desquites, él quisiera ser hombre de pesquis y dejar este trabajo.
Pasó entonces que el padre del bergante cayó enfermo y el fámulo, rosmando, tuvo que ir al establo para tomar el birlocho y llevarlo al nosocomio. El establo acababa de ser pintado con creosota y el olor era nauseoso. A pesar de todo, ahí estaba, presto para el camino. Aún se puso la gorguera el padre para ese viaje que pudiera ser el último.
Gentes bullentes por las calles, día de fiesta, impedían el normal paso del birlocho. El fámulo gritaba, imprecaba. El padre sentado en la silla y su guadamecí. El padre en plegarias porque llevaba ya dos días padeciendo de singulto, y eso mismo le causaba singulto o sollozo, quejidos entre suspiros. Y así arribaron a su destino donde alguien sobresaltó al padre esperando que cesase el singulto, ambos. Y nunca sabremos qué pasó en el viaje de vuelta para que el birlocho no llegara al establo.
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