sábado, 28 de octubre de 2017

cruzadas



Libro de antaño, de compras de domingo, quizás en rastro o en puesto callejero. La historia de las cruzadas, epopeyas de otro tiempo.

Las cruzadas. Las ocho gestas de la cristiandad. Cesare Cantú. 1988

domingo, 22 de octubre de 2017

más sobre lo mismo



No estamos en 1975. Alguien dijo ayer lo contrario. Se refería a la pérdida de libertades en Cataluña. Yo entonces no tenía miedo, hoy sí. No tengo los pocos años de entonces, hoy sí. Es mentira que hayamos regresado al pasado, no se puede. Es mentira que el progreso nos haga mejores, que los años nos hagan más sabios. Es malo generalizar, algunos lo consiguen, los callados, los silenciosos, los no vociferantes, no sé, quizás. Es mentira que no seamos capaces de convivir. Es verdad que somos a veces animales poco racionales. Me asustan muchas cosas de las que oigo porque alguien las dice. A veces sería mejor estar callado, para estudiar, o para reflexionar, o simplemente para olvidar. La mentira me duele, y estos días llueven. La falsa opresión y represión es falsa. Sé cuál es la solución, convivir. Y como yo piensan muchos, quizás una mayoría. Me asusta la falta de solidaridad, me asusta el afán de demostrar una insólita superioridad moral basada en no sé qué preceptos o mandamientos. Me duele el sectarismo. Dicen que la información debe de ser veraz. Claro, como principio está bien. Todos los medios públicos mienten, y los privados, de aquí y de allá. Acuérdense, somos humanos dirigidos por intereses políticos y económicos que trascienden el espacio de nuestro hogar. Medios donde se discute sin respeto mutuo, donde parece que gritar vale más. Me pregunto dónde se quedó la educación de algunos, dónde el diálogo. Será que nos hemos apuntado todos a los monólogos, pero de los que no hacen gracia. Veraces son los pobres, los que mueren en las guerras, engañados u obligados a defender patrias y trozos de bandera. En 1975 yo no sabía nada salvo algunas cosas. Imagino que los nombres de las hojas, algunos animales, sabía hacer quebrados, resolver pequeños problemas, nombrar adjetivos, adverbios y formular fuerzas. En resumen, nada interesante. Pero sí sabía que todo iba bien, que la vida fluía, que el dictador se murió, nadie permanece, que los niños somos niños y no aprendices de adultos. Que el adoctrinamiento es miserable, venga de donde venga. Que entre todos la mataron y ella sola se murió, que asistíamos a momentos históricos y nadie conocía el futuro. Que hubo que inventarlo y que no parece que nos haya ido tan mal. Hoy, tantos años después, miro alrededor y me tapo los ojos. Estamos rodeados de frentistas. Que la comodidad de unos se rebela insuficiente, que quieren más. Yo también quiero más, quiero que no me llamen fascista, ni español con ese aire de desprecio que a veces acompaña al don de hablar, de expresarse. Que no me llamen anti demócrata, ni nada parecido. Que no se acuerden de mí, que no me nombren, que me dejen en paz. Que decidan por ellos y se equivoquen, o acierten, pero que no mientan, que no disfracen sus intenciones con falsos ropajes, que no hablen de falta de libertad, que no hablen de Mandela. Dicen que les robaron la libertad ayer, 21 de octubre. Libre es el que puede salir a la calle y descabalgar a quién les metió en este lío, en el barullo, en el atolladero que parece diseñado por un niño de diez años. Esto no es un juego, se lo han cargado, el sentido común, se la han cargado, la convivencia. Y sigo, el respeto, el aprecio, el buenos días, el bon día. Ahora hacemos ruido, caceroladas para protestar, volvemos a las cavernas. Nos falta aullar, brincar sin emitir sonidos, tirar piedras, volver a ser antepasados. No, no hemos retrocedido a 1975. Nos hemos ido más lejos. Aunque luego la puesta en escena sea la de señoritos con corbata o sin ella, revolucionarios de pasarela y de iphone, que pasean su indignación por avenidas limpias y asfaltadas. Y todo por qué, y todo para qué. Falsos patriotas, pacíficos dicen, a veces el pacifismo se esconde tras palabras que insultan y desprecian. Hay sensibles aquí y allá, aquí lloramos, allí también. También aquí suspiramos, como allí. Valle de lágrimas o valle de mierda. Estercolero al que nos llevan gobernantes irresponsables con aires de grandeza, egocéntricos y orgullosos. 1975 se marchó, luego se fue el 76 y hasta el 77. Y nos hicimos mayores, para amar, de otra forma, para vivir en paz y libertad, para quererlo y desearlo. Jugando con fuego se queman los niños y los mayores que leyeron la biblia, quizás en catalán, aprendices de profetas, también de mesías, falsos y sectarios, fariseos y mentirosos, los que juegan a ser, los que juegan a estar, los que aspiran al altar, seres superiores, inalcanzables, omnipotentes, omnipresentes. Nadie lo es, nadie es superior a nadie. Lástima de humildad, lástima de sensatez, lástima de educación, lástima de todo.

lunes, 16 de octubre de 2017

entonces



Yo por entonces no cruzaba las calles así, sin respetar las señales. Las cruzaba con manos enlazadas, con una o con dos, porque los humanos solo tenemos dos. Con más las hubiera cruzado de no ser así. Era de noche por entonces como la noche de ayer, con esa luz mortecina que dejan las farolas que amarillean en una tarde de domingo, en una calle de Vitoria. Escasa y doliente, luz que deja ver pero no mirar. Y al pasar el paso o antes o un instante después sentí no el escalofrío pero sí el fulgor de un recuerdo, el de tantos años atrás, el de entonces. La imaginación que juega conmigo. El llegar a una esquina y pensar que a la derecha está la casa de entonces, los padres de entonces, la vida de entonces, la que cerraba los domingos o la semana con esa desazón que trae un nuevo lunes de colegio. Y a la izquierda la vida de ahora, la que no se para, la que trae esa misma desazón en un domingo tan alejado en el tiempo, rumor aumentado, magnificado, vida de la que no se puede huir hacia atrás, a la que sólo queda acompañar, sabiendo lo que no se sabía antes, lo que antes se desconocía, lo que entonces era tan lejano, certezas dormidas. Sólo los locos o desequilibrados podrían torcer a la derecha, llamar a un timbre, ver que nadie contesta o que quién lo hace no te conoce, viendo como preguntas por el absurdo, viendo como los universos paralelos se alejaron tanto que no hay comunicación entre ellos. A los que todavía dicen que vivimos en el planeta real, el único tangible, fuera de las nubes, fuera de los cielos, que no alcanzamos a tocar nada más que el suelo, sólo nos queda soñar, o mejor, esperar que el sueño se interrumpa para recrearnos con algo de aquel entonces, marcado por la poca luz que hace que todo sea igual pero todo distinto.

lunes, 9 de octubre de 2017

De vuelta

El domingo 24 pelean el sol y la niebla, ya saben quién ganará. Después del desayuno en cafetería que recibe a los primeros autobuses de turistas visitamos el monasterio viejo, ideal para hacer fotos. Las palomas lo habitan, algunas. Luces que entran por ventanas sin vidrieras. Claustro de otro tiempo. La visita se complementa con una exposición sobre la vida en el convento. Muy agradable. De camino a España paramos en Guarda donde se sube y se sube hasta alcanzar la parte alta y antigua. De hecho es la ciudad más alta de Portugal. Comemos en el restaurante más antiguo del lugar. Bien. Después, visita a la Catedral, hermosa por fuera y austera por dentro. Bonito retablo. Y manto eléctrico en los bancos. Queda poco que ver, cansados ya. Es hora de volver a la carretera, al atasco, a lo que llaman vida normal. Están todos equivocados.

Coimbra

Sábado, neblina de nuevo, quizás sea el otoño que luego dará paso a la primavera. La biblioteca Joanina, la joya de la Universidad de Coímbra, me deja un poco frío. Visita de duración limitada, paredes llenas de volúmenes, techos con motivos alegóricos. Y murciélagos ocultos que esperan la noche para atrapar a los bichos que quieren comerse los libros. Sólo 15 minutos, prohibidas las fotos. No creo que haga falta más, quizás con guía sea diferente. Con la misma entrada, de precio excesivo, visitamos la capilla de San Miguel, de bonitos techos y órgano. Mucha gente, así debe de ser ver la sixtina. En la facultad de derecho hay claustro de doble piso. Fotos y más fotos, turistas que todo lo vemos. El palacio Real tiene paraninfo y cuadros de monarcas y rectores. Salimos al exterior, pasarela de vértigo. El río sigue a lo suyo, cruzado por puentes. Los aseos se llenan. Lo nunca visto, las turistas francesas se pasan a los cuartos de hombres, la necesidad obliga. Hordas turísticas, la visita me sigue dejando indiferente. Echo de menos los museos solitarios con más contenido. Observo, la libertad consiste en vestirse de cualquier manera sin sentirse mal. La joya llega con el Museo Nacional de Machado de Castro. Aparte de descubrir por casualidad a Watanuki y sus dibujos, sencillos, simples, preciosos, que presenta la exposición temporal, la permanente es una explosión de piezas. Conimbriga se hace romana y de ahí en adelante desfila un auténtico festival de escultura, bien puestas, bien iluminadas. El lugar acompaña. Odarte, escultor casi anónimo presenta un apostolado de terracota. Y  descubrimos a Joao de Ruao, excepcional su colección de esculturas. Cuando se acaban las palabras todavía hay más, pintura, artes decorativas…en fin, un espectáculo muy recomendable. Para postre un criptopórtico o galerías romanas para recorrer con calma en modo laberinto. Acabamos con el museo de ciencias, física, química y naturales. Me siento de letras ahí, me gustan las aulas escalonadas y los disecados animales hace ya decenas de años. Dice el dueño de Sé Velha que rozan la perfección. Tiene razón, para el recuerdo el arroz con pulpo. Subimos los escalones de la Torre de la Almedina, quizás no sea la mejor idea. Un museo del fado donde entender la evolución de la música y su compromiso posterior, canción de protesta, social, que arranca con la trova del vento que passa. Luego hay música en la calle, mercadillos o rastrillos, calor, sol. Y fado en el café Santa Cruz, 40 minutos escuchando dos guitarras y cantante. Delicioso. Cruzamos luego el Mondego para fotografiar el viejo monasterio de Santa Clara ,fundado por la reina Isabel en 1314, y Coímbra a lo lejos. Caudaloso el río, se va el sol. Será el río la causa de que hoy sean ruinas, bien conservadas. Las aguas anegaban y se iban. Las monjas se fueron a lo más alto donde parece imposible que llegara un diluvio. Cruzamos de nuevo para cenar frugalmente y sentarnos delante de la iglesia de Santa Cruz, de bonita fachada. Toca la orquesta de sopros de Coimbra, tres saxos, clarinete, cajón y voz femenina. Música tradicional. Baja la temperatura, 15 grados. No consiguen calentar a la audiencia. 

domingo, 8 de octubre de 2017

Aveiro

Es viernes. Hay niebla para cruzar el Douro. Niebla en Aveiro también. No impide ver los colores de las casas ni las aguas del canal. Algunos hablan de Venecia, todo porque hay góndolas o canal. Hasta puente para saludar. Los turistas se mecen o pasean. Muchos también. Vuelvo al color de las fachadas, chillón en muchos casos, valiente, brillante, me gusta. Denota gusto por lo visual, por lo diferente, estéticamente impecable. Desconozco qué esconderá el interior. Los reflejos en el agua se amontonan. Elvis, que canta. No, es su canción. Venden sal, sardinas en lata, donde ésta tiene un poco de arte. Y sale el sol, que no se vende. Rompe las nubes y da otro aire a los canales y barcas. La iglesia de la Misericordia presenta un retablo al uso, no de escaleras que ascienden. Bonito el lienzo de la virgen amparando con su manto. Santa Juana presente en la Catedral, es la patrona de Aveiro, hija de Alfonso V y de Isabel de Coimbra. Comemos y muy bien en Porto 36. El mar y sus alimentos como protagonistas. Muy recomendable el Museo de Santa Juana, arte por doquier. Hoy es gratis. Pintura, escultura, la iglesia de Jesús, todo enclavado en antiguo convento. Claustro siempre silencioso. “De profundis” empieza a decir la priora al lavarse las manos antes de comer, conocemos lo que es el “debillium”, al lado del refectorio. Usos y costumbres ya pasados. Coche para buscar. Y encontrar dunas que se recorren desde una pasarela de madera y un mar pacífico aunque el viento norte parece levantarse. Luego ya en Costa Nova hay casas de colores y muchas fotos, y vecinos que viven en ellas, la mayoría arregladas, otras no. Se prepara la fiesta de la noche, al lado del mar. Pasear y pasear. También hay río en Coímbra, inmenso. Y cuestas y piedras y escaleras. Miradores para ver la otra orilla. Y pintadas que dicen algo como, “que fuerza es esa que así te manda obedecer…” y suena el fado. El río es el Mondego, es portugués. No cruza otras tierras. Cenamos en el Arcada, de estilo vintage. En la tienda china la niña masajea a la madre a base de lo que parecen puñetazos. Hacemos tiempo para el concierto, en plaza angosta, sentados en un borde, cantan y tocan fado. Con capa negra aunque no haga frío, la guitarra española, la portuguesa y un teclado, dos voces, solas y juntas. Mucho Silva, Joao, Ricardo y Nuno, que pone la voz. No me quedo con los nombres de los otros dos artistas. Sentimiento del que se entienden algunas cosas. Precioso espectáculo. La noche se va.

Guimaraes

Es jueves, ajeno a lo que pasa en el mundo. Falso, me unen las noticias que llegan al móvil. Se junta indiferencia y preocupación, también hastío, cansancio y ganas, o ansias de llegar a soluciones, de no dilatar el problema. Cansado de nacionalismos ridículos, a pesar de su respetabilidad. Provincianismos que parecen tan lejanos a tan sólo unos kilómetros, que se podrían evaporar de la mente en un instante. ¿Para qué y por qué? Las respuestas podrían avergonzar a más de uno. A mí alguna lo hace. Pero el mar no tiene puertas. Paso a limpio estas notas el uno de octubre y la sensación de bochorno me invade. Fracaso colectivo. Insensatez de dirigentes locales.¿ Diálogo de sordos? Los interlocutores me parecen no válidos. A un punto del desastre, como niños peleando por el bocadillo de nocilla. El sentimiento de que hay que dar salida a lo que no tiene sólo una salida judicial y policial. Aunque duela, me moleste y me reviente el absurdo de la diferencia basada en banderas y en sentimientos explotados por los profesionales de la política, garantes de una supuesta superioridad moral que es falsa. Por eso me voy a ver gaviotas que buscan en el interior de las ciudades, aunque ese ir tierra adentro sea para ellas un simple vuelo, corto, para buscar los restos de la noche, los que se nos fueron de las manos o los que desechamos. Salimos de Oporto y comprobamos que muchos quieren entrar. A corta distancia, en las afueras de Braga se encuentra el Santuario del Bom Jesús do Monte. Bajar para volver a subir, hemos madrugado los turistas. Fotos y vistas de Braga. Escaleras, muchas con fuentes y esculturas. También escenas de la pasión en las capillas laterales. Dentro ya del santuario un bello altar muestra la escena de la crucifixión con 18 personajes esculpidos. Romanos y Marías conviven en una escena rara de ver en su extensión. En otro altar las reliquias suben en escalera al cielo. El GPS se dispersa en nuestro viaje a Guimaraes. Quiere que entremos en sembrados o en caminos vecinales. Mejor no hacer caso a las voces y seguir el instinto de la brújula. Aparcamos a la vera del castillo, de magnífica silueta. Casco antiguo con largos o plazas, bonitas, casas cuidadas y grupos de turistas. Iglesias pequeñas, silenciosas, en calles empedradas. Dos cacatúas, vito y vitória, en la entrada al restaurante, Histórico by Papaboa. ¿No es maltrato animal tener animales en jaula? Mejor no preguntarlo, me mirarían mal. La comida magnífica, el arroz caldoso con habichuelas queda para la posteridad. La estatua de Alfonso Enriquez me lleva a indagar, a ver que era nieto de Alfonso VI y que se convertirá en el primer rey de Portugal. Historia de países vecinos que se entrecruza como todas las historias del mundo cuando las fronteras o eran difusas o no existían. Magnífico el museo Alberto Sampaio de Guimaraes. Claustro irregular en su forma, diferente. Sala dedicada a la batalla de Aljubarrota, 14 de agosto de 1385, entre Juan I de Portugal y Juan I de Castilla. Ganaron los primeros. Se exhibe uno de los posibles botines de la contienda, un altar portátil de gran belleza, dicen que abandonado por los castellanos en el campo. Sección también de escultura, pintura y frescos. Un lugar de visita necesaria en la ciudad. Dice una placa que el escritor José Saramago lo consideró uno de los museos más bonitos que había visitado. Parece que cantara Betty Missiego ya afuera, no lo será. Los turistas siguen, seguimos. El palacio de los Duques de Braganza presenta una arquitectura diferente, con chimeneas que parecen perder en muchos casos su funcionalidad y servir sólo a la estética del conjunto. El salón de los pasos perdidos no nos podrá decir cuántas idas y venidas se hicieron esperando a ser recibidos. Hay copias de los tapices de Pastrana y música en la capilla de preciosas vidrieras. Los ángeles candeleros siguen apareciendo. Las campanas suenan, con ese código internacional. En el restaurante O’Marinheiro, ya en Oporto, está puesta la tele que habla de las elecciones autárquicas. Primero vayamos al significado de autarquía, o sistema económico en el que un estado se abastece con sus propios recursos, evitando en lo posible las importaciones. Serán en Portugal, y resulta que son las municipales. Palabras que nos confunden o no. Lo que no engaña ni confunde es la cena, excelente, del local. El rodaballo a la parrilla está en su punto y las patatas cocidas, sí, algo tan simple, elevan la patata a los altares culinarios. Después, paseo y más paseo, y cansados nos vamos al hotel. 

Oporto-3

Sol el miércoles. Gritan las pescaderas en el mercado de San Sebastián. Al lado la Catedral con la estatua ecuestre de Vimara Perez (siglo IX), caudillo asturiano y primer gobernador del condado Portucalense. Suena una trompeta en el exterior. El interior es oscuro. Parece la nave central un románico elevado con pocas ventanas. Retablo barroco recargado en lo que parece una extensión. Los turistas escuchan con los cascos puestos al guía que habla en alto, incomprensible la lengua. Azulejos en el claustro, sacristía que perdió su pintura del techo. Museo del cabildo, capillas, tesoro. Paz en el entorno. La estudiante nos hace la foto. Escasos turistas pasando a la zona de pago, se quedaron en la nave. Los azulejos se llenan de rostros. Nos cuenta la fotógrafa que el objetivo es sacar fondos para los estudiantes, ella estudia Turismo. Afuera la trompeta sigue sonando. Más miradores y casi podemos tocar una torre de Iglesia. El vacío abajo. Visitamos después la Iglesia de San Lourenzo, la que casi podíamos alcanzar. Le llaman también la de los grillos, por el atuendo negro de los Agustinos descalzos. Alberga un Museo de arte sacro. Pequeño y recogido, solos para visitar piezas en su mayoría anónimas, esculturas de piedra que llevan siglos expuestas. Una sala se dedica a Irene Vilar, escultora (1930-2008). Desde el coro se ve abajo la iglesia y el silencio lo envuelve todo. La galería de las confesiones, llamada así por los jesuitas, es alargada y exhibe obras a ambos lados. Lienzos diferentes como los de Armanda Passos que añade color y formas diferentes al arte sacro. Mas miradores a la salida, sopla una ligera brisa. Le oigo a alguien decir que si hay que visitar sólo una iglesia en Oporto visite la de San Francisco. Tiene razón. Espectacular en su interior, con retablos enormes a ambos lados de la nave. Mártires franciscanos en Marruecos y árbol de Jesé. Luces que se filtran y añaden color a los dorados que recubren las columnas. No se pueden hacer fotos, falso, siempre hay desobediencia. Hay también museo y cementerio en sótano, le llaman catacumbal. No se pierdan la escultura sobre la caridad de Antonio Teixeira. Suena el adagio de Albinoni, no se puede pedir más. Sol y calor hoy. En el restaurante Linos las alubias con calamares son excelentes. A la salida una tuna masculina de Derecho canta, toca y baila. Amplia, congrega curiosos que aplaudimos la actuación. La ribera del Douro explota de luz y paseantes, de toda edad y condición. Vacaciones, jubilados, ocio, idiomas. Los jóvenes se arrojan al río y pasan la gorra. La concurrencia espera y aplaude. Una copa de vino, mínima, para degustación. En la quinta de Santa Eufemia. Sabor recio. Ellas cantan, alegres, por el vino, más bien, por los vinos que guían sus pasos por las bodegas. Mi imaginación me juega malas pasadas. Me empeño que Santa Quiteria tiene ermita en Álava, será que no. Suenan violines enchufados, también una guitarra, todos buscando reconocimiento y monedas. O algo más. No hay nada como tocar los clásicos para que paremos y pongamos notas al instante, ese que nunca volverá. Es Septiembre y hay castañas asadas con sal. En EU and TU los camareros se desviven de simpatía. Se acaba el día, tiempo aún para escuchar a Pinto e Convidados, en directo, en RUA, en la travesía de Cedofeita, una calle de otro siglo, en compañía de la caipiriña

Oporto-2



Martes, alguien habló por la noche, gritan, quizás bebieron, la fiesta se prolongó para ser vísperas de martes. Amanece con niebla, cerrada. Traerá tardes de paseo, esperamos. Nada se ve a lo lejos. Primeros trabajadores, primeros coches. Desayunamos en el hotel, el local es estrecho, hay que aplicarse para no chocarse. Paseamos y vemos las vistas bajo la niebla desde el mirador de Vitoria. Es una propiedad privada, abierta de 9 a 20 con fines turísticos. Está abandonado. Los niños portugueses también lloran tras las ventanas abiertas de una guardería. Bajar y subir, pendientes imposibles. Nos vamos al museo Soares dos Reis, o museo nacional. Somos los primeros. Visita que deja varias joyas y descubrimientos. Algo en común en tres artistas, su muerte prematura. Augusto Roquemont, italiano, 1804-1852, hijo de príncipe. Deja buenos retratos. Todo gira en torno al XIX. Después las hermosas esculturas de Antonio Soares dos Reis (1847-1889). Se suicida joven. Y para finalizar Henrique Pousao, 1859-1884. Fallece de tuberculosis. Sus cuadros son diferentes, pinta también desde Italia, jóvenes, niños, paisajes, toda una novedad para mí. También un patio cerrado, arbolado y florecido. Hay barreños con agua en alguna sala y calefactores desenchufados. Artes decorativas para finalizar. Mereció la pena. No sé si decir lo mismo de la visita a la librería Lelo. Los humanos perdemos el sentido. Se cobran cuatro euros, se pueden descontar en libros. Colas, no se puede casi andar y las fotos parecen ser el único objetivo. Algunos no entendieron lo de dejar la mochila en taquilla. Quizás el libro sea lo de menos. Perdemos la cabeza siguiendo extrañas modas. Menos mal que antes de entrar sonaba “Strangers in the night”, en trompeta, en la calle, nadie le escuchaba, o todos lo oían, pero yo la sentía. A la salida cambió a “Despacito”. La música siempre. Los restaurantes llenos, encontramos uno llamado Expreso, o casa de comidas donde comemos el plato del día, pez, en plural, fritos con guarnición. A nuestro lado ellos comen, guardan comida en tupper, vuelven a comer, beben y parecen gritar, a veces idos, será la vejez. Andamos hasta Nuestra Señora de Lapa, donde los benefactores de una hermandad aparecen retratados en las paredes. Allí se encuentra un mausoleo con el corazón de Pedro IV de Portugal y I de Brasil. Él proclama la independencia de Brasil en 1822 y posteriormente vencerá en la guerra civil portuguesa que le enfrenta a su hermano Miguel (liberales contra absolutistas). Se improvisa un sistema para subir sillas a las alturas, todo con cuerda roja. Hay paz en el cementerio adjunto. Allí vemos el nicho de piedra blanca donde está enterrado Castelo-Branco, el autor de amor de perdición. Nos vamos al mercado, sigue igual que hace unos años, es decir, está peor de lo que ya estaba, viejo y sobrevolado por pájaros y palomas. Me entran dudas sobre su certificación sanitaria para albergar comida. La capela das almas tiene azulejo dentro y sobre todo fuera, visitantes y orantes. Cuesta larga y escalera para llegar a San Ildefonso. Una leve música nos acompaña. En la plaza de Batalha siguen los colchones que esperan inquilinos. Eso llegará más tarde. Ahora hay gente que anda, pasea y compra, y otros que nos sentamos a verlos a ellos. A sentir la tarde. Tienes cara de español, dijo alguien. Se oyen lenguas, hay más miradores que visitar, hay rincones de Oporto donde se pone el sol, en su hora mágica. Las gaviotas a lo suyo, buscando y cantando, el río siempre en movimiento. En Casa Viuva se cena bien. El local se llena antes de las ocho, europeos en su horario, o cabales. Un mendigo lee en su cubículo de cartón y la tuna femenina de derecho interpreta. Nos cuentan que los trajes negros son para ocasiones especiales, y que sí, que es época de novatadas para los nuevos. Se acaba el día o empieza para algunos.