Él era relojero, de precisión, de los buenos, y las relojerías mas importantes de la ciudad le llevaban los arreglos difíciles. Trabajaba en su casa viendo como su mujer no paraba un momento y sus hijos marchaban al colegio. Su tía trajo y traía al mundo a muchos bebés a los que ayudaba a quedarse en esta vida con algunas palmadas que rompían el llanto. Seguro que esa mañana su tía lloraba de emoción con una nueva bienvenida, siempre lo hacía, un poco a escondidas; mientras, nadie sabe por qué, él hizo un movimiento desacostumbrado, le dijo a su esposa que tenía que recoger unos relojes, cosa rara, siempre se los llevaban a casa; no se despidió con un beso, pensando ella que regresaría enseguida, bajó los escalones de uno en uno y fue a buscar su automóvil que estaba aparcado en su cochera, subió la persiana, sacó el auto y paró fuera para bajar la persiana, dejó el cinturón colgado, arrancó, y tras un par de semáforos en rojo en los cuales no tuvo tiempo de ordenar su vida, no tardó en tomar la primera carretera que le sacaba de la ciudad y tampoco tardó en dejar que el coche siguiera su camino recto en la primera curva a la izquierda, el muro encalado que le recibió hizo el resto, no hizo falta mayor precisión.