sábado, 16 de noviembre de 2013

raíz



No hace falta ser prolífico para llegar al público. La única novela de Arturo Barea, ambientada en el Madrid de 1949 narra el retorno de un exiliado para el reencuentro con su familia. Todo tiene sabor a auténtico, todo destila realidad, oscura y atroz a veces. No hay forma de escaparse de la lectura y quizás no haya mejores formas de plasmar el alma atormentada. Novela redonda, de principio a final, con personajes completos y complejos como la vida misma.

La raíz rota. Arturo Barea. 1951

noviembre

La noche empieza al empezar el día. La oscuridad se apropia llegada la mañana y el cielo permanece inalcanzable y lejano, sobre un mar de nubes. Típico día de otoño en Vitoria donde el paraguas acompaña y donde la lluvia fina moja de verdad, persistente aunque no lo parezca. Dicen que las células del cuerpo se renuevan cada tantos años, una media de diez. No es cierto del todo. Se renuevan unas, no todas, si fuera así, no mantendríamos los recuerdos, olvidaríamos todo cada cierto tiempo. Pero no, no se olvida, y esas partes que se renuevan lo hacen para no morir antes, pero parece que las neuronas están condenadas a reducir su número o las células del corazón no se dotaron de la capacidad de no envejecer con los años. Y qué decir del alma, ¿envejece?, quizás se entreteje alrededor de órganos desconocidos, estará por ahí por la cabeza, dando vueltas, consciente de día, inconsciente de noche, soñadora al fallar la luz. Por eso la casi noche perpetua de Vitoria en Noviembre hace soñar o recordar más, ahí, donde no llega nadie más que uno mismo, donde se anclan flashes y apuntes que hablan de un tiempo pasado, inalcanzable.

real academia de san fernando



Es uno de noviembre, Madrid despierta entre los primeros fríos que luego dejarán paso al sol. Visitamos el museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Uno de los museos desconocidos de Madrid, en pleno centro, calle Alcalá, a escasos metros de Sol. Poca gente, muy poca. No es el Prado pero hay arte para dar y tomar, y lo que queda en los almacenes. Se agradece el que las salas vivan soledades. Un par de empleados se expanden en sus comentarios, siempre se agradece. Ahí van mis cinco obras elegidas. Luis de Morales, el Divino, y su Piedad, de 1570. Alonso Cano y su Cristo en la cruz, obra de 1640. El magnífico Baño en la playa de Sorolla, cómo con tan poco se puede hacer tanto. No hay definición en el rostro, sólo pinceladas, pero suficientes. En escultura, un busto de “La Fe”, de Luis Salvador Carmona, 1752. Y como joya ganadora me remito al “Ecce Homo” de José de Ribera, lienzo en claroscuros con ojos casi imperceptibles que miran con serenidad. Elegimos comer en Casa Refra, calle Santiago, postrimerías de la Plaza Mayor. Y la elección azarosa es acertada. Menú del día festivo a precio de día normal. Comida buena en entorno tranquilo. Desde la ventana se aprecia una placa. Aquí vivió Goya, 1777, y nació su hijo Vicente Anastasio. La vida sigue su curso.

martes, 22 de octubre de 2013

sin título


Mastercard patrocina la apertura gratuita de la colección permanente del Thyssen los lunes, de 12 a 16 horas. Rápida visita y cuatro obras para el recuerdo. La partida de naipes, de Balthus. La piedad de José de Ribera. El Cristo resucitado de Bramantino, y por último la Virgen y el niño con Santa Rosa de Murillo. Hay un último cuadro que me guardo para mí, aunque es más video que cuadro, una especie de road movie. Es real, imperiosamente real. Tiene algo de visitación o de huída hacia ningún sitio, y mucho de azar. Es más vida que lienzo, la de verdad, la de la calle, la imposible de plasmar y casi de contar. Una de esas pequeñas cosas que hacen que lloremos cuando nadie nos ve (gracias Serrat).  Contiene nombres femeninos y sufrimiento, y rasgos de vida pérdida, apuntes de desorden, locura le llaman otros, retazos de olvidos y de una persona que alumbra otra, aparentemente sin sentido, y digo aparentemente  porque no seré yo quien juzgue las vidas, siempre ajenas, siempre instantáneas, pinceladas de una historia inacabada, tan verídica como el milagro de la vida, que se producirá, y una serán dos, y ante esa realidad sólo me queda desear suerte y callar.

pandilla



Sigo con Philip Roth y encuentro la decepción por primera vez. Sátira política con Nixon de protagonista. Será que me queda lejos esa época y poco conocida, será que el exceso de sátira me cansa, lo cierto es que paso sin pena ni gloria por esta obra.  Me quedaré con una cita al inicio, de Orwell, 1946: “el lenguaje político está pensado para que las mentiras suenen a verdades y el crimen parezca respetable….” De actualidad rabiosa. Seguiré el camino del autor y esperaré mejores tiempos.

Nuestra pandilla. Philip Roth. 1971

la niña de la casa



Las Edades del hombre en su edición de 2013 toca a su fin. Arévalo se ha visto invadida por turistas o fieles que buscan arte o algo más. Es domingo, finales de octubre y las iglesias, tres, que albergan la exposición se antojan pequeñas. El pueblo es coqueto, antiguo, con plazas escondidas, y recovecos de historia. Las dos primeras iglesias, angostas, ofrecen poco. Decepción. Un audiovisual que promete y se queda en agua de borrajas. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?, es el mensaje final. El hombre es un ser sediento de algo que busca y la mayoría de las veces no encuentra. Mi pequeña aportación. De esa primera visita resalta el San Juan Bautista de Luis Salvador Carmona, traído de Guipúzcoa, brillante por delante, hueco por detrás, lo que permite intuir en este caso el proceso de construcción de una figura semi vacía por dentro, excelsa en su cara al público. Todo cambia en la tercera de las iglesias. No muchas piezas pero de alta calidad. La Virgen de las Angustias, lienzo anónimo del Siglo XV exhibe al Cristo recién descendido en sus brazos, Cristo que se presenta deforme en la perspectiva, pero pleno en el conjunto. A los pies de la escena, rezan los reyes católicos, cada uno a un lado. La escultura del Cristo de Gracia, también anónimo, del XIV, habla de un gótico temprano, de figuras más planas, aunque plenas de sentido. El protagonista de la exposición sería Gregorio Fernández, tres piezas, el Cristo Yacente de la Catedral de Segovia, sobran las palabras, y dos Santos, San Pedro y San Pablo, que vistos de cerca aumentan su realismo. Excepcionales. Y digo sería si no apareciera por allí, colado de rondón, un pintor de feo apellido, Eduardo Chicharro, discípulo de Sorolla, que pintó un gran cuadro, en tamaño e impacto, llamado La Casa de la Misericordia, 1947, reflejo real de una posguerra verídica, pintado dos años antes de morir, propiedad de la Fundación de la Caja de Avila, y donde la niña representada en la escena, se gana, a mi parecer, el título de protagonista de las Edades 2013.

sábado, 19 de octubre de 2013

de medina a madrigal

De mañana en Medina visitamos el Museo de las Ferias, itinerario seguido con audioguía para mostrar la importancia comercial de la localidad en el pasado. Objetos, pinturas, historia, audiovisual, todo para dar una idea global de los tiempos añejos de mercado y feria. Me quedo con el cuadro de la Virgen de la Anunciación y el Arcángel Gabriel, copia del cuadro de la Anunciación de la Basílica de la Annunziata de Florencia, de un seguidor de Alessando Allori, Siglo XVII. Antes de partir de la localidad visitamos la colegiata de San Antolín, en la plaza. Se acaba la visita a Medina y partimos para Olmedo que ofrece una buena muralla e iglesias cerradas a cal y canto. El paseo dura poco y marchamos a Arévalo donde la exposición de Las edades del hombre dota de vida al pueblo. Comemos al aire libre al lado de la estatua de la reina Isabel protegidos del sol con sombrilla. La oficina de turismo de la localidad nos habla de Madrigal de las Altas Torres y hacia allí nos vamos, localidad natal de la reina, cuenta con el Palacio donde nació ésta situado en una calle maltratada por el tiempo y por la aparente falta de dinero para urbanizar en condiciones el entorno. El palacio de Juan II, hoy convertido en el Monasterio de Nuestra Señora de Gracia, regentado por monjas agustinas, exhibe un cartel diciendo que cierra en estas fechas de Septiembre; mientras hacemos tiempo hasta la supuesta hora de comienzo de la visita paseamos por los restos que deben de haber albergado hace poco una plaza improvisada de toros donde la doble bandera española de algunos burladeros pone color sobre la arena seca. El suspense crece, y siendo ya más de veinte los potenciales visitantes llamamos al portero automático y al rato aparece una monja joven que nos abre la puerta. Habrá visita. Lo viajado merece la pena por esta visita de más de una hora que disfrutamos en compañía de una monja de edad muy avanzada que habla y habla sin parar. Visitamos la sala donde se celebraron las primeras cortes de Castilla, sentados en asientos de madera mientras la madre sigue su discurso. Varias vitrinas presentan objetos varios, entre ellos un documento con la firma autógrafa original de Isabel, su famoso “yo la Reina”. Se suceden los comentarios y anécdotas y la anfitriona quita importancia a la que según ella es una de las obras más importantes del convento, un cuadro de Juan Carreño. Dice que hay gente que ya ha venido varias veces sólo por verlo de nuevo y para llevárselo en la niña de los ojos. En una capilla adyacente a la Iglesia nos cuenta la historia de una talla rescatada del mar y enviada por el rey Fernando a sus hijas, novicias de este convento. En esa sala habita un espléndido Calvario de Juan de Juni. Son nueve las monjas que quedan, nos dice la madre, que sigue descifrando datos. Llegamos a las habitaciones y a aquella donde nació la reina, pequeña, minúscula, dice que los suelos nunca han sido cambiado, piedras desgastadas, nadie pone pegas a pisar los mismos suelos de entonces. Un pequeño cuadro muestra a una guapa Juana de Castilla y otro muestra el único retrato original de los Reyes Católicos tras su boda. No son tan bien parecidos como los de la televisión, sobre todo él. La imagen no entiende de realidades.Esto no da para más, la visita ha sido magnífica, una de esas que quedan grabadas, amena, didáctica y agradable. Incluso repetible. Es tiempo de carretera y manta, vuelta a casa.