Están los que se hacen fotos en cualquier sitio con esa cara que no es la suya, los que fotografían el tren antes de subir y ya dentro. No sé si es odio, no sé si puedo odiar algo. Unos se bajan, otros suben en las estaciones que recorremos, y ella dice al bajar, “me da la sensación como si le conociera”, qué habré olvidado, me pregunto.
A veces nos adelantan los camiones, otras veces es al revés, es como la vida que a veces se retrasa y otras se adelanta y hay que tomar fuerzas para engancharla o quedarse y es que la vida incluye la espera donde puede que encontremos imponente el silencio, mínimo en extensión pero casi sobrecogedor.
La estación de Miranda de Ebro tiene ese aire de decadencia que inspira una tristeza similar a la visión de un circo en un descampado en otoño. Y literalmente cruzamos las vías, nada va a pasar dice la interventora, y la creemos.
A veces nos adelantan los camiones, otras veces es al revés, es como la vida que a veces se retrasa y otras se adelanta y hay que tomar fuerzas para engancharla o quedarse y es que la vida incluye la espera donde puede que encontremos imponente el silencio, mínimo en extensión pero casi sobrecogedor.
La estación de Miranda de Ebro tiene ese aire de decadencia que inspira una tristeza similar a la visión de un circo en un descampado en otoño. Y literalmente cruzamos las vías, nada va a pasar dice la interventora, y la creemos.
Su perfil es adorable, delgada vista de frente, de costado su cara evoca a una princesa que descubre por primera vez las profundidades de la tierra. Al levantarse y andar se vuelve frágil y algo le hace no cojear sino andar como a golpes arrastrando una pierna que no quiere obedecer. El amor, las mas de las veces, está en un abrir y cerrar de ojos.