Le llamaban Joselín, luego dejaron de llamarle así porque ellos se marcharon de la ciudad, y Joselín se quedó, esperando que llegaran las revoluciones pendientes con las que soñaba en forma de quema de cuadros y otras cosas a la par que las calles se llenaban de gente que pisaba la nieve (cierra las cortinas, le decía su madre, que no te vean).
Que bien que despertó, que bien que recordó que quería desayunar porras con chocolate, bajó las escaleras y al abrir la puerta vio que nevaba en la realidad, que las calles no estaban vacías para la hora que era, mas bien llenas, que todos se arrojaban nieve unos a otros una vez recogida la que caía de los cielos, quiso ver alegría en las caras y la vio, buscó y encontró a alguien a quien decirle, ¿quieres acompañarme?, y esa persona contestó que si.
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