Si hacía frío corría, si no también, cinco, seis minutos para llegar a la calle Santa Quiteria, Jovita estaba sentada, veía poco o casi nada, yo no entendía como podía saber que nadie la engañaba, reconocía mi voz y me llamaba por mi nombre, yo le decía Hola, y ella alargaba su mano derecha para acercarla a mi cara, seguro que eres muy guapa, que te ha encargado tu abuela decía y yo contestaba que lo de siempre, un cupón para hoy, lo tomaba, lo tocaba y me pedía mi mano para dejarlo a la par que yo depositaba en la suya la moneda de diez céntimos o dos monedas de cinco, siempre llevaba el dinero justo. De nuevo a correr hasta casa de mi abuela, de nuevo a darle un beso, a sentarme en una silla baja, a pedirle un trozo de pan, a mirar como preparaba su cena, a despedirme. Nunca su cupón salió agraciado.
martes, 8 de septiembre de 2026
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