Es provincia de Cuenca. De Sego, victoria y Briga, ciudad
viene Segóbriga, que debe su esplendor pasado al Lapis Specularis, una variedad
de yeso translúcido empleada para las ventanas. La invención del cristal acabó
con el enclave. Hablamos de romanos y de excavaciones que no han llegado al
diez o al veinte por ciento de lo que pudo ser el asentamiento. Hacemos la
visita guiada, grupo numeroso que seguimos la estela de una guía que sabe
hablar y que sabe de lo que habla. Hay teatro, anfiteatro y circo que nunca se
completó. Los primeros evocan dramas y diversión. El tercero habla de una
economía en declive. Entre medias había gente que vivía en casas que todavía
están enterradas bajo el paso de los siglos. Hace frío y viento aunque todo
esté azul por encima. Algunos bustos en el centro de interpretación, algunos
togados descabezados y abundantes explicaciones de dónde estamos. Y poco a poco
dejamos atrás a los libertos, a los esclavos y a los próceres y buscamos comida.
La encontramos en Uclés, donde prima lo blanco y la rapidez del servicio en la
Posada de Perico. No parece haber mucho más, así que la simpatía gana y el
local se llena. Después repetimos visita al Monasterio. Bien merece la visita
al llamado Escorial de la Mancha. Se mueven las lámparas altas alrededor del
aljibe que abastecía. El Santo Entierro, anónimo del XVI sigue estando ahí, en
la Iglesia. Se puede fotografiar, se puede admirar. Pague la entrada por verlo.
Muchos se irán sin mirarlo o sin enterarse de la presencia de una figura de
medio cuerpo que mira a aquel que está siendo enterrado. Impagable. Hay también
una sala dedicada al concierto que llenó el patio central hace un par de años.
Carmina Burana suena y las ilustraciones precisas y preciosas de Ana Yedrós
realzan el todo. Qué pena el ver ángeles caídos en el coro, sí, tumbados, con
formas duras que no se pueden adaptar al suelo, esperando que alguien los eleve
y los muestre para ser admirados.
domingo, 8 de marzo de 2020
asco
Para leer de un tirón. Monólogo devastador contra su
propio país, El Salvador. El entierro de su madre sirve para que el relator
hable y no pare de su patria, de sus miserias, etc. Libro que le valió al autor
amenazas de muerte y le llevó al exilio.
El asco. Horacio Castellanos Moya. 1997
chatterley
Periodo de entre guerras. Unos que volvieron del frente,
heridos y no muertos. Otros que los esperaron. Y a partir de ahí se plantea la
novela. Asfixiada por el entorno y las circunstancias, Constance encuentra la
pasión en un empleado de su marido. No sólo hay erotismo y sexo, hay mucho más
en esta novela. Hay una realidad social, injusta, desigual. Me agrada su
lectura y espero con suspense el desenlace.
El amante de Lady Chatterley. D.H.Lawrence. 1928
viernes, 28 de febrero de 2020
rastro
Hay una lluvia fantasma, que no llega. Me duele no verla. Menos
mal que sucede hoy, que no tiene color, aunque da igual el color de un día de
fiesta, y también da igual el color del mar al anochecer. Me importa su ruido,
que no descanse, que me calme mientras duermo, que borre los malos sueños, que
traiga otros. Estuve a punto de poner una h muda delante de la ola, pero el mar
no vocaliza, no saluda. Y emocionado, pero sin ganas de llorar me pregunto si
un ojo empieza a soltarlas, las lágrimas, antes que el otro. Y cuál de los dos
recibe la orden del alma. Qué mano recibe la orden de empezar, qué pie. Se me
ocurre empezar a pintar al revés, sin saber lo que significa. No salgo de mi
asombro sobre mí. Me pasa algo con las manos, a veces tiemblan, a veces firmes.
Eso no es óbice para pensar en tus ojos alargados que casi traspasan el papel,
pintados, deslumbrantes. Si te acercas un poco más buscaré tu boca, con mis
dedos, ahora que no te veo, cegado por tu luz. Todo envuelto en telas de más
color, sobresaltado, mi corazón, lo más parecido a un sueño febril de mi infancia,
que sigue la espiral, infinita. Tengo que
encontrar explicación a todo esto, buscar la respuesta. Mientras, dejaré
rastro.
sábado, 8 de febrero de 2020
frailes
Mira que me gustó leer a Azaña, en sus diarios, en sus discursos, en su vida relatada. Pero no puedo con esta incursión en la literatura autobiográfica. No puedo seguir su relato, porque no entiendo algunas palabras, porque no entiendo lo que quiere decir, porque las frases se complican, porque adorna la vida de un niño, joven, adolescente con términos que se me escapan. Y así, también, el libro se me escapa de las manos.
El jardín de los frailes. Manuel Azaña. 1927
ballantine
Relatos de vida desordenada que llevan al autor a viajar y a vivir, de aquí para allá, de encontrar situaciones disparatadas y de aferrarse a amores imposibles. Realidad de carreteras que siempre llegan a algún sitio. Interesante, tanto que ya estoy encargando más obras de Ballantine.
501 minutes to Christ. Poe Ballantine. 2007
más coimbra
Hay de todo, sequedad y lluvia, a veces intensa, en un viaje que se antoja largo, de largas carreteras que atraviesan mesetas, a lo lejos una torre, siempre iglesias que asoman y campos que se oscurecen, y al pasar la frontera se vierten aguas que juegan con las luces rojas de las obras, con los camiones, con tramos para no jugarse el destino en un segundo. Seis horas de carretera para alcanzar el sirimiri portugués, también existe. Nos esperan en Coímbra. Adoquines por doquier, mojados, que reflejan luces y dibujan sombras. Bacalao y más. Barata la cena, Portugal sigue en otro siglo, a lo suyo. Todo se antoja diferente, apagado, pero no exento de vida, todo lo contrario. Se acabó el mes, empieza la noche de Febrero, del día uno del mes segundo. Niebla al amanecer. Silencio sólo interrumpido por algún coche que rueda, por algún perro despistado y por alguna gota que golpea.
Pasear para conocer la vida del barrio. Casas que dan ganas de habitar, de vivir en ellas y no salir. Porque todo cabe dentro de esas paredes una vez que se cruza el umbral de puertas que dejan pensar en techos altos tras las ventanas simétricas.
Luego suben las nubes, se elevan y dejan ver algo más. Pocas ganas de madrugar, cruces que anuncian iglesias. Y mucho verdor en la entrada de algunos hogares, en colinas vírgenes que rodean edificios, en palmeras sueltas. Los hay, gatos callejeros, de verdad. Los hay, despegados adoquines que dejan agujeros que se llenan con su poquito de lluvia. Fuera la pulcritud, hay rincones olvidados, adonde no llega nadie, hay árboles en grupo o solitarios, podría tocar sus ramas si mi brazo no fuera mi brazo. Y una cara de ojos vivos que viene a buscarme. No le entiendo, no sé lo que quiere, es mentira, me escapo de él.
A veces la mañana se encierra tras una ventana desde la que se pueden contar las gotas suspendidas y las pinzas de colores.
Y la tarde se canta con el fado que me llena de paz, podría ser sueño, se confunden. Podría ser el efecto de comer bien y tarde. Los cielos se volcaron, y luego, siempre pasa, el agua dejó de caer, y lo que queda se filtra, para seguir su curso en ancho caudal que refleja luces amarillas. Todo grabado en fotos.
Luego paseo por esas mismas calles y escucho mis suelas mientras desfilan imperfectos cuadrados de ese color indefinido que pinta las aceras. El hospital enorme, tranquilo por fuera. Un anciano ataviado con gorro de lana y bata de sanatorio busca el aire de la calle. Las cafeterías se animan, más y más luz, cambiamos de día, hoy brilló el sol. Y las familias buscan comida, grupos que nos sentamos delante del cochinillo, magnífico. Grupos que buscamos paseos por Quintas de Lágrimas. Los mismos que vemos descender el sol, vistas de ciudad, de Mondego, más paz en noche de domingo, recogida, y madrugar para volver.
viernes, 31 de enero de 2020
son
Pasión y amor a raudales,
al borde del mar. Costa levantina, barcos, aguas y montañas. Y todo desbordado.
Interesante, para leer de un tirón.
Son de mar. Manuel Vicent.
1999
sábado, 18 de enero de 2020
cera
Algún día encontraré el
artículo que leí de Edwards hace ya algunos años en el País, debe de estar
guardado en alguna carpeta de recortes. Y ahora leo este interesante, curioso
libro. Parece que no hay mucho que sacar de esta historia pero al final me
engancha. Personaje de otro tiempo, o personajes, en el mundo de hoy o de hace
ya algunos años. Contrastes, ambiciones, siempre el dinero. Y un poquito de
amor o cariño.
El museo de cera. Jorge
Edwards. 1981
sábado, 11 de enero de 2020
tranvía
Solía leer a Vicent en
columnas de El País pero nunca había leído una novela suya. Descubro que tiene 84
años, desconozco si escribe. Me gusta este tranvía de iniciación, novela de
sentidos que se abren al sol y a los olores del Levante. Retrato de una época
de colegios y curas, de miedos y de miradas prohibidas. De arenas que albergan
cuerpos y de búsquedas que nunca acaban.
Tranvía a la Malvarrosa.
Manuel Vicent. 1994
Flandes
Tenía ganas de leer un
libro sobre el imperio español en los Países Bajos. Y no me defrauda. Me encuentro
con una guerra de 80 años, intermitente, con causas religiosas y más, con
motines y hambre. Con reyes que gobiernan a miles de kilómetros y con leyendas
que forja el tiempo. Uno no puede llegar ni siquiera a atisbar un poco tal cantidad de
sufrimiento.
The Dutch Revolt. Geoffrey Parker. 1977
neón
Libro que lleva por
subtitulo Fin de siglo en Madrid, 1981-2001. O qué fue eso de la movida, o más.
Recorrido por personajes de la noche, artistas, políticos, etc. Con incisos que
se alejan de la capital. Libro con ambición, quizás desmesurada. Se deja leer,
fácil, pero a veces cansa. Descubro templos de aquellos años, que no pisé, como
el Sol, el Rock-Ola o el Jardín. Yo, nosotros, estábamos ahí, pero éramos más de bares, de Bravo
Murillo y más calles, sí, de esos que hoy serían cutres, de cañas y de calamares apresados
contra el cristal. Y de más cosas que no contaré aquí.
Ángeles de Neón. Juan
Carlos de Laiglesia. 2003
parásitos
La película transcurre
apacible, sin más, y de repente el sobresalto, el giro, la tuerca que se deja
mover y todo se transforma. Dicen que los guiones dan vida y aquí sucede. Vidas
de sobra para moverse por terrenos pantanosos, para mezclar géneros, para que
venga el diluvio, para que todo cambie, para que nadie se sienta seguro ni
satisfecho, ni medianamente tranquilo. Buena película, inclasificable,
Parásitos. El cine se llena de lengua que nadie entiende, pienso. Un perfecto
coreano, quizás, subtitulado, en letras blancas sobre fondos que cambian. Y un
inciso, será que soy mayor, pero cada vez soporto menos al prójimo en el cine,
que se mueve, que carraspea, que tose, que cambia su cabeza, que da patadas por
detrás, que bebe o que come. Por eso, el hogar, sin oscuridad, se transforma en
la pantalla ideal. Ahí veo El Autor. Una Sevilla diferente, alejada de tópicos,
de calma chicha y ventilador, de calor que se siente, es el escenario para otro
sutil guion que también termina por descuadrar al espectador, que esta vez
escucha nuestra lengua sin letras añadidas, sin más.
decirte
Te diré que empezó el año,
que los días pasan, que el sol sale cada mañana y se pone cada tarde, que ya se
nota que la noche llega un minuto más tarde, que el invierno todavía tiene que
dejar su fruto. En fin, te diré que todo es como siempre aunque lo queramos
disfrazar. Te diré que quiero hacer lo que ahora no puedo hacer como quisiera y
todo por culpa del tiempo que se escapa de las manos como agua que encuentra
resquicios. Te diré que cada día aprendo cosas nuevas, ayer hablaban de eclipse
penumbral. Era la luna que se apagaba, que dejaba de brillar. Y suele ser
habitual, y yo sin saberlo, puede ser que nadie haya reparado, o habiendo
reparado, que nadie lo haya considerado digno de ser noticia. Más conocimiento
que añadir, más datos al cajón. Así vivimos, a merced de golpes de agencia,
de últimas horas, de lo que nos quieren contar. No saben que tenemos la
potestad de olvidar.
lunes, 23 de diciembre de 2019
engaño
Alguien compró este libro en junio de 2010, firmado en O
Porriño. Luego lo compro yo y lo leo. Y me parece interesante. Diálogo entre
dos adultos que tienen una relación a espaldas de sus respectivas parejas. Sigo
avanzando en la bibliografía de Roth.
Engaño. Philip Roth. 1990
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