Camino de Extremadura hay verdor en las colinas,
llanuras, encinas y alcornoques. Majestuosa la vista del castillo en lo alto. Esperamos,
la iglesia está cerrada, las cigüeñas hacen ruido y vuelan. Ya en compañía ascendemos
a lo alto de Medellín para visitar su teatro ya reformado, precioso. Romano,
listo para la declamación y el habla. Nos llegamos hasta ese castillo,
inabarcable ahora ante nuestros ojos. Vistas a los cuatro puntos cardinales. Hernán
Cortés no se va de la plaza donde nació, los pensionistas juegan a las cartas y
como en la mayoría de los pueblos la vida parece haberse detenido. Comida en
Mérida, breve visita a Alange donde hay hotel de lujo con balneario y bonito
pantano que hoy se antoja demasiado caluroso, con lo que el paseo queda en
suspenso, igual que la seguro fascinante subida al castillo que preside la
localidad. Aproximándonos al destino vemos viñas, olivos y almendros. Ya en
Feria, nada de lo dicho cuadra con la realidad. Pueblo hermoso, de casas
blancas y silueta que corona un castillo dejando abajo la Iglesia. Las cuestas
son de otro tiempo, de pendientes que cuesta medir y escalar. Antesala de
fiesta se respira en alguna atracción y en bares donde se siente el verano en
terrazas; banderolas y música. Recorremos calles visitando altares y ventanas
donde las cruces se engalanan con flores. Trabajo de meses, expuesto ahora,
admirado y premiado. El pueblo participa y lo vive. Y lo hará más el día
grande, el de la Santa Cruz, el tres de Mayo. Ese día todos a la plaza, allí en
la iglesia se imponen cruces a los nuevos miembros, varones, de la Hermandad,
se bendicen éstas y se sale en procesión. Autoridades, banda, himno de España,
presidente de la Junta, niños, niñas, jóvenes y mayores portan cruces, hasta un
total de 75. Llevadas a andas, bajo sol y sombra. Se paran y se cantan coplas,
monótonas pero sentidas, ella llora y no puede acabar. Desde balcones o a pie
de calle. La señora mayor también canta, su pelo es blanco. Siempre se aplaude
el sentimiento y el esfuerzo. Zafra después, comemos. Visita rápida, a plaza
mayor y plaza chica. Recuerdos de ferias donde se medían cosas en columnas. Mi
padre debió de estar por aquí, qué buscar. Imprevistos después, la salud. No
obstante podemos tomar algo en lugar privilegiado, el convento de la Parra, hoy
hospedería. Patio blanco de fuente y naranjos. 21 habitaciones para ausentarse
de la vida por un rato.
sábado, 11 de mayo de 2019
por béjar
De camino a Béjar hay montañas que salvar, de Asturias a
León. Puerto de telediarios y pronósticos del tiempo, Pajares. Ahora se salva
en túneles infinitos. Paisaje con restos blancos que motean lo verde. Subida y
bajada que no acaba. Esto que llanea debe ser la meseta. Comemos en Zamora,
ciudad que me gusta porque sigue siendo de provincias, de paseo, de gestiones y
vida en el mediodía. Subió la temperatura, sobra todo. Se busca la sombra y
aparecen los recuerdos a la vera de iglesias ya visitadas. Comida al aire libre
en plaza mayor en uno de esos locales de querer y no poder. Coche y Béjar.
Explicaciones profusas en el Hostal Argentino nos llevan a Candelario. Pueblo
bello, catalogado así, y esta vez con razón. Casas de piedra, arquitectura con
balcones. Calles empinadas y empedradas, paredes de teja. Regaderas que bajan
de la Covatilla, ruido de agua, evitan que sólo se oigan los pájaros. Antes
servían para llevarse nuestros deshechos y la sangre de los puercos. Se mataba
y se secaba el producto. Hoy son de aguas limpias. En 1932 se construyó la red
de saneamiento y las alcantarillas lo atestiguan. Preciosa la vista de la
iglesia. Compramos viandas, paseamos y seguimos viaje. En el alto del Castañar
hay merendero de años, plaza de toros, la más antigua del país y torero inmortalizado.
Y preciosa ermita, virgen del castañar, de aparición a pastores el 25 de marzo
de 1446. Precioso el cielo y la inmaculada de la bóveda. Volveremos a cenar a
Casa Senén donde se cena bien. Antes visita a Béjar, pueblo de paños y tejidos
venido a menos. Pierde población, se cierran las fábricas. Se cierran locales.
En esa calle peatonal que articula la vida los contamos, 170 locales, 77
cerrados. Parece desolador. A pesar de ello hay vida. Nos da tiempo a ir de
aquí para allá, visitar iglesia donde empieza la misa y acudir a una
conferencia sobre trampantojos en lo que fue convento de San Francisco,
precioso claustro. La conferenciante parece nerviosa y acentúa mis dudas sobre
lo que realmente se puede catalogar así en el mundo del arte. Queda descansar.
gijón
En Gijón domina la playa de San Lorenzo. Todo gira en
torno a ella o mejor dicho en esa media luna que forma. Allá se anda, pasea o
se toma la bici, para dejarla atrás y continuar. Decía Jovellanos que la vista es
magnífica, tenía razón, la del mar siempre lo es. Allá vienen las multitudes
del Molinón de vuelta a casa, con camisetas y bufandas, cabizbajas porque el
Sporting no ganó. Que no se olviden de mirar al mar a su derecha, que siempre
templa los ánimos. Ruido de olas, playa preciosa, de mareas que suben y bajan,
de terreno firme para pasear, con perros que pululan fuera de la temporada de
baños. Y el mar que trae tesoros que no valen tanto como la sorpresa que
causan. El frontal de las casas que miran al agua no es perfecto, se rompió la
armonía de antaño, y la estética antigua tampoco se respetó. Miremos al mar
entonces, con costa que no acaba y puede seguir siendo paseada hasta llegar a
la madre del emigrante, preciosa escultura solitaria, donde no hay adiós sino
esperanza. Y podemos seguir andando y encontrar recovecos donde sentarse o
bajar a las calas de piedras sueltas y arenas donde hay parejas que se esconden
o gente que busca el descanso. Se aprovecha cualquier resquicio y plataforma
para transformarlo en solarium. Todo Gijón mira al mar y fuera de él es una
ciudad de barrio viejo, Cimavilla, un tanto abandonado, de cuestas y piedras,
al refugio del viento. Gaspar Melchor de Jovellanos da nombre a plaza, sus
restos cerca, en una capilla pequeña vinculada al antiguo hospital de
peregrinos, presidida por la Virgen de los Remedios. Todo virtudes y talento el
ilustre gijonés. También los hay, barrios más modernos con la peatonal vía
llena de tiendas y comercios. Alguna iglesia, no muchas, una de ellas
interesante, la Iglesiona, o basílica del Sagrado Corazón, bonitas pinturas en
el techo, realizadas por dos hermanos alemanes, los Immencamp en 1923, encargo
de los jesuítas. La revolución de 1934, la guerra, hicieron daño aquí, en vidas
y en más. Altar improvisado donde los presos nacionales rezaban antes de ser
ejecutados. Se incendian los bancos, se tapona la entrada, destrucción y
sangre. Lo cuenta un profesor que lleva a sus alumnos de excursión. Difícil
mantenerlos interesados. Entre medias comemos en abundancia y muy bien. El
bacalao de Más madera no tiene calificativo pequeño, sublime. En la Gitana no
son comedidos a la hora de repartir. Más cosas, la universidad Laboral parece
interesante arquitectónicamente, pero poco más, iglesia cerrada. Y fuera del
casco urbano hay verdor y carretera hasta Tazones. Uno de esos pueblos llamados
de los más bellos. Tiene poco, color en casas y restaurantes. Quizás el premio
venga porque el mar está batiendo olas o quizás sea porque ahí pisó tierra
española por primera vez Carlos I. imaginamos desembarco, oímos que suena en
una casa el último de la fila, que quiere esconder el ruido, huele a mar,
volvemos. Cenas frugales y espectáculo en el pabellón de deportes, motivo de la
visita. Actúa Bob Dylan. Cuatro músicos le acompañan. Qué decir, emocionante
ver a uno de los padres de la música que conocemos. Profesional, entregado, mayor,
torpe al caminar, toca el piano, de pie o sentado, canta y empuña la armónica,
escalofríos. Yo disfruté. Para mí inolvidable. Se despide con lo que parece un
beso que sale de su boca y que expanden sus manos. No dijo más. O a lo mejor lo
dijo todo con sus canciones, como algún día comentó, letra y música son lo
importante. Difícil reconocer algunos de sus éxitos, Blowing in the wind lleva
violín, más escalofríos, y es más lenta que nunca. Me olvidaba del viento,
constante casi, fuerte también, peina y despeina, y ayuda o no. Viene de allí o
de allá. El mismo viento al que canta Dylan, el que nos trae tantas otras cosas
y respuestas.
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