Camino de Oporto paramos en Ciudad Rodrigo, a pocos
kilómetros de la frontera portuguesa. Comida rápida, visita a la Iglesia del Hospital
de la Pasión y boda en la Catedral, cerrada al público. Ambiente de nupcias en la entrada y reunión de jóvenes cristianos
en paralelo a las jornadas mundiales de Río. Seguimos el camino hasta Oporto,
alcanzando el tranquilo Quality Inn de la plaza Batalha. Dicen que dedicada a
conmemorar una derrota, la de los lugareños contras las huestes de Almanzor.
Suenan las gaviotas que ascienden la colina desde la desembocadura del
adyacente Douro o Duero. Oporto se llena de cuestas y rezuma a ciudad vieja en
su parte más antigua. La crisis parece cebarse y se cuentan por decenas o más
la cantidad de edificios que se encuentran deshabitados, cerrados, o con obras
que empezaron y que no parecen acabar nunca. A pesar de eso la ciudad no pierde
su pulso y esta zona se empeña en mantener un par de arterias de vida comercial,
concurridas por lugareños y turistas. Muchas pastelerías, dulces atractivos y
una librería de cuento de hadas, la Lello, escenario de alguna escena de Harry
Potter, que deslumbra por sus escaleras inverosímiles. Se prohíben las fotos y
hay más curiosos que compradores. La estación de tren parece sacada del siglo
pasado. Conserva el aspecto de antaño con un vestíbulo lleno de mosaicos de azulejos
azules y blancos que presentan escenas de la historia portuguesa. Bajamos al
río, la otra zona que, alrededor del puente de Luis I, magnifica estructura, se
llena de vida y gente en sus dos orillas, la de Porto y la de Gaia, donde restaurantes,
mercadillos y bodegas del apreciado vino atraen al espectador. Las vistas de la
ciudad desde Gaia son espectaculares. El puente se cruza por dos alturas, imponentes
ambas con la visión del ancho río, esplendoroso antes de verter sus aguas al
mar. Hay vida en la ribera y los barcos de las principales bodegas se exponen.
Los logos gigantes se ven desde Porto, entre ellos el del famoso Sandeman.
Cenamos barato en bar ribereño con raciones amplias y esplendidas. Ya de vuelta
al hotel la plaza Batalha acoge reparto de cena para los más desfavorecidos
algunos de los cuales duermen en los soportales de un edificio abandonado. La
mañana siguiente nos despierta de madrugada con oleadas de agua que rompen
contra los cristales. La mañana es oscura y se aclara poco a poco lo que nos
permite explorar la ciudad de otra forma, desde uno de esos autobuses de dos
plantas, desde cuya plataforma superior se aprecia otra visión mientras uno se
adormece bajo el traqueteo del rojo vehículo. Montamos y bajamos a discreción.
Subimos a la torre de los Clérigos, más de 200 escalones para ver los tejados
rojos de la ciudad. Nos sorprenden a media subida las campanas ensordecedoras
que obligan a guarecer los oídos. En la calle destaca una escultura erigida con
motivo del 150 aniversario de la edición de Amor de perdición, la más
importante novela de Camilo Castelo Branco. El abrazo de un hombre y de una
desnuda mujer y el título de la misma hacen sugerente su lectura. El autobús
desgrana explicaciones y cuando no las hay se combate el silencio con el fado y
sus nostálgicos y melancólicos compases y sus letras de amores ganados y
perdidos. Comemos en plaza pública atendida por un simpático lugareño que habla
todos los idiomas mientras una pareja de ancianos, él con rostro marcado en los
huesos, con sombrero, y ella, ciega, a su brazo, piden monedas entre los
presentes. Una vez más la secuela de esta crisis. Degustamos el famoso vino en
sorbos pequeños y de varias clases y por último una visita al mercado municipal
el lunes por la mañana cuando despierta la semana nos confirma el estado de importantes
carencias de la ciudad. Pareciera que estamos muchos años atrás, con unas
instalaciones maltrechas y maltratadas por el tiempo, esperando una renovación
que no llega. Los puestos avejentados, muchos cerrados, estructuras
apuntaladas, las señoras trabajando su mercancía, a la espera de clientes, y
las palomas picando verduras en algunos sitios y apostadas dentro del lugar
como si fueran a iniciar una hipotética batalla contra el ser humano. domingo, 4 de agosto de 2013
Porto-julio 2013
Camino de Oporto paramos en Ciudad Rodrigo, a pocos
kilómetros de la frontera portuguesa. Comida rápida, visita a la Iglesia del Hospital
de la Pasión y boda en la Catedral, cerrada al público. Ambiente de nupcias en la entrada y reunión de jóvenes cristianos
en paralelo a las jornadas mundiales de Río. Seguimos el camino hasta Oporto,
alcanzando el tranquilo Quality Inn de la plaza Batalha. Dicen que dedicada a
conmemorar una derrota, la de los lugareños contras las huestes de Almanzor.
Suenan las gaviotas que ascienden la colina desde la desembocadura del
adyacente Douro o Duero. Oporto se llena de cuestas y rezuma a ciudad vieja en
su parte más antigua. La crisis parece cebarse y se cuentan por decenas o más
la cantidad de edificios que se encuentran deshabitados, cerrados, o con obras
que empezaron y que no parecen acabar nunca. A pesar de eso la ciudad no pierde
su pulso y esta zona se empeña en mantener un par de arterias de vida comercial,
concurridas por lugareños y turistas. Muchas pastelerías, dulces atractivos y
una librería de cuento de hadas, la Lello, escenario de alguna escena de Harry
Potter, que deslumbra por sus escaleras inverosímiles. Se prohíben las fotos y
hay más curiosos que compradores. La estación de tren parece sacada del siglo
pasado. Conserva el aspecto de antaño con un vestíbulo lleno de mosaicos de azulejos
azules y blancos que presentan escenas de la historia portuguesa. Bajamos al
río, la otra zona que, alrededor del puente de Luis I, magnifica estructura, se
llena de vida y gente en sus dos orillas, la de Porto y la de Gaia, donde restaurantes,
mercadillos y bodegas del apreciado vino atraen al espectador. Las vistas de la
ciudad desde Gaia son espectaculares. El puente se cruza por dos alturas, imponentes
ambas con la visión del ancho río, esplendoroso antes de verter sus aguas al
mar. Hay vida en la ribera y los barcos de las principales bodegas se exponen.
Los logos gigantes se ven desde Porto, entre ellos el del famoso Sandeman.
Cenamos barato en bar ribereño con raciones amplias y esplendidas. Ya de vuelta
al hotel la plaza Batalha acoge reparto de cena para los más desfavorecidos
algunos de los cuales duermen en los soportales de un edificio abandonado. La
mañana siguiente nos despierta de madrugada con oleadas de agua que rompen
contra los cristales. La mañana es oscura y se aclara poco a poco lo que nos
permite explorar la ciudad de otra forma, desde uno de esos autobuses de dos
plantas, desde cuya plataforma superior se aprecia otra visión mientras uno se
adormece bajo el traqueteo del rojo vehículo. Montamos y bajamos a discreción.
Subimos a la torre de los Clérigos, más de 200 escalones para ver los tejados
rojos de la ciudad. Nos sorprenden a media subida las campanas ensordecedoras
que obligan a guarecer los oídos. En la calle destaca una escultura erigida con
motivo del 150 aniversario de la edición de Amor de perdición, la más
importante novela de Camilo Castelo Branco. El abrazo de un hombre y de una
desnuda mujer y el título de la misma hacen sugerente su lectura. El autobús
desgrana explicaciones y cuando no las hay se combate el silencio con el fado y
sus nostálgicos y melancólicos compases y sus letras de amores ganados y
perdidos. Comemos en plaza pública atendida por un simpático lugareño que habla
todos los idiomas mientras una pareja de ancianos, él con rostro marcado en los
huesos, con sombrero, y ella, ciega, a su brazo, piden monedas entre los
presentes. Una vez más la secuela de esta crisis. Degustamos el famoso vino en
sorbos pequeños y de varias clases y por último una visita al mercado municipal
el lunes por la mañana cuando despierta la semana nos confirma el estado de importantes
carencias de la ciudad. Pareciera que estamos muchos años atrás, con unas
instalaciones maltrechas y maltratadas por el tiempo, esperando una renovación
que no llega. Los puestos avejentados, muchos cerrados, estructuras
apuntaladas, las señoras trabajando su mercancía, a la espera de clientes, y
las palomas picando verduras en algunos sitios y apostadas dentro del lugar
como si fueran a iniciar una hipotética batalla contra el ser humano. sin nombre
Inquietante
y absorbente. Hermoso a veces. Lo acabo con la emoción de un epílogo que vuelve
al estado donde todo era posible. Para reflexionar sobre el origen del mal y
sobre muchas otras cosas. Gran novela, contada y vivida desde las camas de un
hospital, allá donde todos nos igualamos y donde todo se mide de distinta
forma. Para leer en pequeños sorbos, a veces el alma no soporta grandes dosis
de amargura. Luces y sombras que se agotan, ambas, y que dejan paso a un examen
de conciencia, o más que eso, a un vertido de conciencia sin remordimiento. Muy
recomendable.
Hombre
sin nombre. Suso de Toro. 2006
Bolaño
Existen
puntos de inflexión en la lectura y este es uno de ellos, acabo el libro cuando
se cumplen diez años del fallecimiento del autor, a edad temprana, los
cincuenta. Dejó escrito unos cuantos volúmenes, menos de los que podría haber
acumulado. Sorprendente, diferente, extraño, única, vibrante, indefinida,
espectacular. Sigan añadiendo adjetivos. Esta es la novela que tira de un hilo
y luego de otro, el libro que a todos les hubiera gustado escribir. Dicen que
ya es un libro de culto. Fondo o forma. Eterna cuestión. El fondo es
inquietante y sorprendente a veces. La forma es de otro mundo. Me quedo con
ella. El fondo quizás se lo lleve el viento. Bolaño es un gran inventor de
historias sobre las que teje su estructura y estilo, el que le convierte en un
genial contador y narrador. La forma me atrapa. Y el libro es largo y yo lo
alargo. A veces voy a él por encima de todos los demás (leo en paralelo varios
ejemplares) y al final dejo que el libro espere porque no quiero que se acabe,
así que finalizo los demás, y me regocijo pensando que todavía quedan páginas
donde encontrar algo más, algo que supere a lo anterior. Podría poner algún
ejemplo, algún capítulo, pero mejor será leerlo, degustarlo y abrazar el libro
con todas sus páginas. Y pasa al capítulo de imprescindibles, y pasa a la
categoría de esos digamos diez libros que usted no debería perderse, y pasa a la
estantería de los que debería releer y disfrutar de nuevo.
Los
detectives salvajes. Roberto Bolaño. 1998
la ruta
Segunda parte, dicen que nunca fueron buenas. No
supera a la primera. Lo leo como una lección de historia, esta vez narrada en
pasado. Centrada en la guerra de África o en el desastre que allí sufrió este
país. Corrupción, mentiras, hambre, miseria. La guerra que vivió el autor no es
la que contaba la prensa. Me viene a la cabeza algún párrafo memorable, cuando narra
el hedor de la carnicería de la batalla. También el horror del hambre en la
retaguardia. Descriptor del ambiente social de la época, de las relaciones
humanas, impagables algunos párrafos sobre la institución del matrimonio en la
época. Me queda la tercera parte, espero vuelva al nivel de la primera.
La ruta. Arturo Barea. 1941
ulster
Me
pierdo en el puzzle o con el puzzle. Compleja la situación, acumulada tras
tantos siglos. El conflicto irlandés y sus raíces ancladas en el pasado son los
protagonistas de este libro. Todo un cúmulo de cruces de caminos, de
poblaciones mezcladas y separadas por religiones y odios de siglos atrás. Todo
un laberinto que se me vuelve más indescifrable de lo que parecía antes de
empezar el libro.
The narrow ground. The roots of conflicto in
Ulster. A.T.Q.Stewart. 1977
las pequeñas cosas
Lo
breve si bueno dos veces bueno. La escritura de ficción de la autora ha sido
breve hasta la fecha y es buena, diría yo. Empiezo el libro con las reservas
con las que se inicia todo y no sólo desaparecen éstas sino que busco
ininterrumpidamente su compañía para llegar al final. Historia interesante,
materia prima para entretener y hacer reflexionar, con pinceladas poéticas, o
más que pinceladas. Historia de infancia y de recuerdos, de idas y venidas,
adelante y atrás, que mantienen el vilo y aunque ciertos desenlaces se conozcan
pronto quedan otros y sobre todo queda la sensación de que había más que
añadir, más que explotar, más que contar. Pero el libro pertenece a su dueña y
ahí decidió pararlo. Dicen que prepara su segunda novela, años después, los que
ha ocupado en otros quehaceres, escribiendo no ficción y dedicándose al
activismo político y reivindicativo. Sin duda, habrá que estar a la expectativa.
El
dios de las pequeñas cosas. Arundhati Roy. 1997
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