domingo, 4 de agosto de 2013

Porto-julio 2013


Camino de Oporto paramos en Ciudad Rodrigo, a pocos kilómetros de la frontera portuguesa. Comida rápida, visita a la Iglesia del Hospital de la Pasión y boda en la Catedral, cerrada al público. Ambiente de  nupcias en la entrada y reunión de jóvenes cristianos en paralelo a las jornadas mundiales de Río. Seguimos el camino hasta Oporto, alcanzando el tranquilo Quality Inn de la plaza Batalha. Dicen que dedicada a conmemorar una derrota, la de los lugareños contras las huestes de Almanzor. Suenan las gaviotas que ascienden la colina desde la desembocadura del adyacente Douro o Duero. Oporto se llena de cuestas y rezuma a ciudad vieja en su parte más antigua. La crisis parece cebarse y se cuentan por decenas o más la cantidad de edificios que se encuentran deshabitados, cerrados, o con obras que empezaron y que no parecen acabar nunca. A pesar de eso la ciudad no pierde su pulso y esta zona se empeña en mantener un par de arterias de vida comercial, concurridas por lugareños y turistas. Muchas pastelerías, dulces atractivos y una librería de cuento de hadas, la Lello, escenario de alguna escena de Harry Potter, que deslumbra por sus escaleras inverosímiles. Se prohíben las fotos y hay más curiosos que compradores. La estación de tren parece sacada del siglo pasado. Conserva el aspecto de antaño con un vestíbulo lleno de mosaicos de azulejos azules y blancos que presentan escenas de la historia portuguesa. Bajamos al río, la otra zona que, alrededor del puente de Luis I, magnifica estructura, se llena de vida y gente en sus dos orillas, la de Porto y la de Gaia, donde restaurantes, mercadillos y bodegas del apreciado vino atraen al espectador. Las vistas de la ciudad desde Gaia son espectaculares. El puente se cruza por dos alturas, imponentes ambas con la visión del ancho río, esplendoroso antes de verter sus aguas al mar. Hay vida en la ribera y los barcos de las principales bodegas se exponen. Los logos gigantes se ven desde Porto, entre ellos el del famoso Sandeman. Cenamos barato en bar ribereño con raciones amplias y esplendidas. Ya de vuelta al hotel la plaza Batalha acoge reparto de cena para los más desfavorecidos algunos de los cuales duermen en los soportales de un edificio abandonado. La mañana siguiente nos despierta de madrugada con oleadas de agua que rompen contra los cristales. La mañana es oscura y se aclara poco a poco lo que nos permite explorar la ciudad de otra forma, desde uno de esos autobuses de dos plantas, desde cuya plataforma superior se aprecia otra visión mientras uno se adormece bajo el traqueteo del rojo vehículo. Montamos y bajamos a discreción. Subimos a la torre de los Clérigos, más de 200 escalones para ver los tejados rojos de la ciudad. Nos sorprenden a media subida las campanas ensordecedoras que obligan a guarecer los oídos. En la calle destaca una escultura erigida con motivo del 150 aniversario de la edición de Amor de perdición, la más importante novela de Camilo Castelo Branco. El abrazo de un hombre y de una desnuda mujer y el título de la misma hacen sugerente su lectura. El autobús desgrana explicaciones y cuando no las hay se combate el silencio con el fado y sus nostálgicos y melancólicos compases y sus letras de amores ganados y perdidos. Comemos en plaza pública atendida por un simpático lugareño que habla todos los idiomas mientras una pareja de ancianos, él con rostro marcado en los huesos, con sombrero, y ella, ciega, a su brazo, piden monedas entre los presentes. Una vez más la secuela de esta crisis. Degustamos el famoso vino en sorbos pequeños y de varias clases y por último una visita al mercado municipal el lunes por la mañana cuando despierta la semana nos confirma el estado de importantes carencias de la ciudad. Pareciera que estamos muchos años atrás, con unas instalaciones maltrechas y maltratadas por el tiempo, esperando una renovación que no llega. Los puestos avejentados, muchos cerrados, estructuras apuntaladas, las señoras trabajando su mercancía, a la espera de clientes, y las palomas picando verduras en algunos sitios y apostadas dentro del lugar como si fueran a iniciar una hipotética batalla contra el ser humano. 

sin nombre



Inquietante y absorbente. Hermoso a veces. Lo acabo con la emoción de un epílogo que vuelve al estado donde todo era posible. Para reflexionar sobre el origen del mal y sobre muchas otras cosas. Gran novela, contada y vivida desde las camas de un hospital, allá donde todos nos igualamos y donde todo se mide de distinta forma. Para leer en pequeños sorbos, a veces el alma no soporta grandes dosis de amargura. Luces y sombras que se agotan, ambas, y que dejan paso a un examen de conciencia, o más que eso, a un vertido de conciencia sin remordimiento. Muy recomendable.

Hombre sin nombre. Suso de Toro. 2006

Bolaño



Existen puntos de inflexión en la lectura y este es uno de ellos, acabo el libro cuando se cumplen diez años del fallecimiento del autor, a edad temprana, los cincuenta. Dejó escrito unos cuantos volúmenes, menos de los que podría haber acumulado. Sorprendente, diferente, extraño, única, vibrante, indefinida, espectacular. Sigan añadiendo adjetivos. Esta es la novela que tira de un hilo y luego de otro, el libro que a todos les hubiera gustado escribir. Dicen que ya es un libro de culto. Fondo o forma. Eterna cuestión. El fondo es inquietante y sorprendente a veces. La forma es de otro mundo. Me quedo con ella. El fondo quizás se lo lleve el viento. Bolaño es un gran inventor de historias sobre las que teje su estructura y estilo, el que le convierte en un genial contador y narrador. La forma me atrapa. Y el libro es largo y yo lo alargo. A veces voy a él por encima de todos los demás (leo en paralelo varios ejemplares) y al final dejo que el libro espere porque no quiero que se acabe, así que finalizo los demás, y me regocijo pensando que todavía quedan páginas donde encontrar algo más, algo que supere a lo anterior. Podría poner algún ejemplo, algún capítulo, pero mejor será leerlo, degustarlo y abrazar el libro con todas sus páginas. Y pasa al capítulo de imprescindibles, y pasa a la categoría de esos digamos diez libros que usted no debería perderse, y pasa a la estantería de los que debería releer y disfrutar de nuevo.

Los detectives salvajes. Roberto Bolaño. 1998

la ruta



Segunda parte, dicen que nunca fueron buenas. No supera a la primera. Lo leo como una lección de historia, esta vez narrada en pasado. Centrada en la guerra de África o en el desastre que allí sufrió este país. Corrupción, mentiras, hambre, miseria. La guerra que vivió el autor no es la que contaba la prensa. Me viene a la cabeza algún párrafo memorable, cuando narra el hedor de la carnicería de la batalla. También el horror del hambre en la retaguardia. Descriptor del ambiente social de la época, de las relaciones humanas, impagables algunos párrafos sobre la institución del matrimonio en la época. Me queda la tercera parte, espero vuelva al nivel de la primera.
La ruta. Arturo Barea. 1941

ulster



Me pierdo en el puzzle o con el puzzle. Compleja la situación, acumulada tras tantos siglos. El conflicto irlandés y sus raíces ancladas en el pasado son los protagonistas de este libro. Todo un cúmulo de cruces de caminos, de poblaciones mezcladas y separadas por religiones y odios de siglos atrás. Todo un laberinto que se me vuelve más indescifrable de lo que parecía antes de empezar el libro.
The narrow ground. The roots of conflicto in Ulster. A.T.Q.Stewart. 1977

las pequeñas cosas



Lo breve si bueno dos veces bueno. La escritura de ficción de la autora ha sido breve hasta la fecha y es buena, diría yo. Empiezo el libro con las reservas con las que se inicia todo y no sólo desaparecen éstas sino que busco ininterrumpidamente su compañía para llegar al final. Historia interesante, materia prima para entretener y hacer reflexionar, con pinceladas poéticas, o más que pinceladas. Historia de infancia y de recuerdos, de idas y venidas, adelante y atrás, que mantienen el vilo y aunque ciertos desenlaces se conozcan pronto quedan otros y sobre todo queda la sensación de que había más que añadir, más que explotar, más que contar. Pero el libro pertenece a su dueña y ahí decidió pararlo. Dicen que prepara su segunda novela, años después, los que ha ocupado en otros quehaceres, escribiendo no ficción y dedicándose al activismo político y reivindicativo. Sin duda, habrá que estar a la expectativa.
El dios de las pequeñas cosas. Arundhati Roy. 1997