Cuando éramos pequeñas apoyábamos nuestros brazos en una barandilla al borde del mar o playa según fuera la marea, veíamos las olas ir y venir y nunca nos cansábamos porque todas eran distinta, jugábamos a adivinar cuando vendría la ola mas alta sin saber medir alturas, casi sin saber lo que era un metro. Ya mayor, ella se marchó lejos de esta playa a otro lugar donde el mar no alcanza, y yo algunas tardes todavía apoyo mis brazos y juego por mí y por ella, y me miento a mí misma (siempre hay una ola mas alta que todas las que en el mundo hubo) para escaparme del cansancio que me produce mi rutina inacabable, y cuando escasea la luz y encienden las farolas del paseo y el mar se oscurece para transformase en puro rumor me digo que esto también pasará aunque sé que es solo una frase hecha, menos mal que el sueño es alivio para todo mi ser.
sábado, 10 de octubre de 2026
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