lunes, 27 de abril de 2026

velatorio

No me dejan pasar, pero oigo las risas lejanas que llegan de ese tabique que nos separa de la casa de al lado, no entiendo sus palabras pero alguien parece morirse de risa. No puedo verlo pero imagino que están todos en la sala, ni grande, ni pequeña, como la nuestra, que la han ordenado, quitado de aquí y puesto allá para poner al abuelo sobre la mesa, vestido de negro sobre una colcha beige, de traje sin corbata sobre la camisa blanca y cerrada hasta el último botón, alto y grande hasta después de muerto, no escucha ni escuchará, a mí me escuchaba cuando lo encontraba en el descansillo esperando al ascensor y subíamos juntos al tercero y sonreía antes de abrir su puerta y yo llamar al timbre de la mía; alguien encendió velas, luego la luz eléctrica, luego las visitas, luego un poco de comida, alguna botella de vino, cognac para la madrugada, vivan los vivos, era un buen hombre, son lágrimas sinceras, alguien empieza, alguien sigue, cuentan anécdotas, gracias, chistes de muertos, y se confunden las lágrimas:


—Pensar que las ultimas palabras me las dijo a mí y la viuda pregunta: ¿Cuáles fueron? El señor le dice: No muevas la escalera.


Celebrando una vida, yo que quiero dormir y sigo oyendo las risas. La madrugada atempera todo. Mis padres me despertaron cuando yo dormía, hay que ir al colegio dijo ella.

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