No sé si fue al ver las cigüeñas volar o crotorear, o también pudo ser que fuera la mirada de ese perro callejero, o tal vez ese farol con llama que se elevaba en la noche, el caso es que empece a temblar y no de frío, y no remitía ni desaparecía, y no era por falta de abrigo, y no era por falta de calor porque me pegué al radiador con las manos quietas viéndolas como se movían sin querer al ritmo que dictaba el azar que nacía de mí, y lo mismo las piernas y lo mismo todo lo demás y yo pensando si las orejas lo harían y yo pensando que si me hubieran enganchado cascabeles alrededor del cuerpo sería una orquesta viva y llena de miembros. Me olvidaba de los dientes castañeando, me olvidaba también del corazón latiendo, en un momento dado me olvidé de todo y sin darme cuenta me aparté del radiador, me senté en la silla mas cercana, reposé la cabeza en mi brazo derecho con el izquierdo abrazando el conjunto, en la mesa, imitando esa postura de cuando la señorita nos invitaba a echar la siesta en el pupitre después de bajar las persianas, yo era un niño entonces, un niño en clase por la tarde. De nada mas me acuerdo, desperté y el temblor había desaparecido.
viernes, 16 de enero de 2026
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